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Carmencita Geovanny Díaz Jiménez Periodista En el programa “Desde adentro” (4/12/12) trataron el tema del síndrome de Down y debo confesar que me sentí muy conmovido por las historias que en el programa se contaron. De todas ellas, me llamó la atención la historia de una mujer llamada Carmen o Carmencita, como de cariño le dicen sus compañeros en el periódico La Nación. Su vitalidad, jocosidad y entrega en el trabajo son admirables, pero aún lo es más su forma de vivir exactamente igual que cualquier otra persona, con las mismas responsabilidades y oportunidades. La sociedad vive con el prejuicio, despreciable por su fondo y por su carencia de fundamento, de que esas personas tienen que ser tratadas de manera diferente al resto de los que somos “normales”, simplemente por su “padecimiento”. Les llamamos discapacitados, ¡qué ocurrencia! Discapacitados, ¡por Dios!, esta mujer logró comprar su casa con el esfuerzo de su trabajo y sus ahorros; siempre lo soñó y siempre estuvo segura de que ese sueño iba a realizarse; ahí tiene su recompensa, sus padres viven con ella en su casa, comprada con los ahorros que logró gracias a su enorme inteligencia y empeño en el trabajo como encargada de una fotocopiadora en el matutino. Más discapacitados somos nosotros que, por un dolor de cabeza nos volvemos locos y hasta buscamos la manera de incapacitarnos para no ir a trabajar. Más discapacitados somos nosotros al seguir viviendo llenos de prejuicios endilgados a esas personas, que lo único de discapacidad que tienen es la que nosotros les marcamos, porque por lo demás son exactamente iguales a cualquier otra persona. El ejemplo de Carmencita es para llevarlo siempre. Su enorme fortaleza, la alegría con la que vive día a día y la forma en la que da la espalda a quienes algún día los criticamos o nos burlamos de ellos. Qué bueno que hubieras podido ver las historias que en ese programa se contaron y qué bueno que, así como me pasó a mí, te haya dado una bofetada al ego y a esa mente tan pequeña que a veces tenemos; si no es tu caso, si nunca los has juzgado mal, olvida esta última parte. ¡Gracias, Carmencita, por ese ejemplo que nos diste! y ¡que Dios te siga bendiciendo tan abundantemente como hasta hoy!
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