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Hora de definiciones

En momentos en que se ataca la institucionalidad, hay que distinguir al verdadero líder

Rodolfo Saborío Valverde

En enero del 2006 compartí con los lectores de estas páginas mi convencimiento de que el Partido Acción Ciudadana había terminado siendo un instrumento de los intereses sindicales y corporativistas, al punto que su propuesta programática no pasaba de ser un calco del proyecto de tercera república que esos sectores consideran debe ser el modelo a seguir en Costa Rica.

Durante más de dos años había tratado de promover dentro de esa agrupación mis planteamientos sobre la necesidad de fortalecer el Estado social y democrático de derecho y la institucionalidad. Sin embargo, llegó el momento en que consideré vano el esfuerzo por intentar cambiar el rumbo y que no había el espacio necesario para detener la consolidación del perfil gremialista que se apoderaba de la conducción de un movimiento en el que muchos habíamos cifrado la esperanza de renovar la política nacional.

Lo que debió haber generado una discusión sobre el modelo alternativo que proponen las organizaciones que proporcionan las ideas motoras de esa agrupación, fue objeto de una respuesta airada por parte de la entonces secretaria general en donde al menos se aceptaba que el proyecto de tercera república es la brújula que orienta a ese partido.

La dinámica del proceso electoral y la desautorización oficial de que fue objeto la dirigente que había respondido mis comentarios, dejaron pendiente una discusión que es de total actualidad. ¿Cuál es el modelo político alternativo que proponen para sustituir el modelo actual? En tanto organización política con una fuerte presencia en la Asamblea Legislativa, con pretensiones a aspirar al gobierno en las próximas elecciones, esa es una discusión que nos concierne a todos los costarricenses.

Desarrollo o aislacionismo. El programa electoral que presentaron en la anterior campaña no pasa de ser, como el del partido triunfador, una lista de buenas intenciones carente de propuestas específicas. Al final de cuentas, es la solicitud de un cheque en blanco a cambio de una promesa de que la pulcritud arreglará todos los problemas de nuestro país.

Es irrebatible el hecho de que el modelo de desarrollo seguido en los últimos veinte años no ha permitido disminuir la pobreza y ha generado una polarización inaceptable, pero queda por ver si eso habría sido diferente con el modelo que proponen los gremios nacionales. ¿Que habría pasado si en lugar del modelo de apertura comercial hubiéramos optado por aislarnos en un modelo proteccionista con una mayor intervención estatal en la dirección de la economía? Estaría por verse si tal alternativa habría generado mayor igualdad, pero es un tema que hay que discutir.

Podemos compartir la indignación por los resultados de la gestión pública de los últimos treinta años pero de ahí a aceptar que la solución a los problemas de desigualdad y marginación pasa por las propuestas gremialistas y corporativistas hay mucha distancia. Nuestro sistema político enfrenta grandes retos y por esa razón debemos exigir de las agrupaciones claridad en sus propuestas. Estamos por fortalecer el Estado social y democrático de derecho o proponemos un modelo alternativo, pero debemos identificarlo con nombre y apellidos, no escondernos en las ambigüedades y la demagogia.

Luego del enorme trauma nacional originado con la investigación de las actuaciones de tres expresidentes, está todavía pendiente la reconstrucción de la confianza de los ciudadanos en los poderes públicos. La respuesta no puede ser una apuesta desesperada y a ciegas en contra del orden establecido, como parecen haber hecho una gran cantidad de personas el día de las elecciones presidenciales. Es mucho lo que está en juego para que nos quedemos cruzados de brazos y dejemos de buscar el camino que nos lleve a la construcción de una sociedad cada vez más justa perfeccionando nuestro sistema político.

Cuando se hacen llamados de abierto desconocimiento a nuestra institucionalidad, los costarricenses debemos saber distinguir a los verdaderos líderes democráticos de los flautistas de Hamelín.

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