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/LA NACIÓN

Profundidad

Un pequeño, de altura insondable, nos hará aspirar a metas altas y generosas

Diego Víquez
diego_viquez@hotmail.com


Lo que tal vez tenga de malo el tiempo que vivimos es el olvido de lo esencial, por culpa de ese incansable hacer cosas –no importa tanto cómo nos salgan–. Este activismo del que hablamos podría tener algún sentido si no fuera porque la razón última de tanto correcorre no es forjarnos estilos de vida cada vez más humanos, sino obtener la mayor cantidad de dinero, para acceder a los mayores niveles de consumo. Y esto en todas las clases sociales, en mayor o menor medida.

A mí me parece que hemos hecho norma lo que era la excepción; siempre ha habido gentes que han vivido para el poder o el dinero o las apariencias, pero ahora eso pareciera ser la norma, y eso cansa, aburre, hastía y, lo que es más grave, cambia de lugar absolutamente todas las prioridades y las cosas realmente importantes, las termina relegando detrás del lucro y del provecho.

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Recuperación del sentido. Todos los días vemos pruebas de lo anterior, de esa confusión de las ideas que va generando chabacanería e insensatez por doquier. ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo recobrar el sentido común, la hondura de la mirada, para volver a aspirar a lo esencial, a esos bienes primarios, que no se compran ni se venden, pero que son los únicos capaces de responder a nuestra búsqueda de sentido y de hacernos enfrentar los gozos entrañables y las tristezas lacerantes?

Nos falta profundidad, nos falta claridad, nos falta altura de espíritu, nos falta ir más allá de nosotros mismos, nos falta cultivar más nuestra interioridad, poblar más nuestra mirada de luz, nos sobran créditos y débitos, nos falta serenidad y confianza.

Historia eterna. Frente a estas carencias, desde la memoria de una historia antigua pero siempre actual, nos llega nuevamente un relato. Una historia con tiempo, pero eterna, en la que se nos habla de una cueva, honda, profunda, con toda la profundidad que hoy necesitamos, con una estrella, capaz de disipar todas las tinieblas y de engendrar las claridades que hoy necesitamos para ver mejor y actuar en consecuencia; allí hay un pequeño, de altura insondable, para hacernos aspirar a metas altas y generosas; ese niño crecerá y de mayor nos hablará esencialmente de la necesidad de construir proyectos de vida en función de lograr felicidades compartidas, nunca encerradas en egos enormes y solitarios.

Vendrá Navidad nuevamente; vendrá este Dios-Niño desconcertante y, aunque también quisiéramos reclamarle un poco porque cada cierto tiempo nos parece que nos deja solos, nos podrá más la ternura que nos dará verlo dormir y las lágrimas que pueblan nuestros ojos cuando lo veamos tomar leche del pecho de su Madre –una como nosotros–, y hacernos cucharitas antes de llorar porque le dio cólico. Y entonces mejor, no pelearemos, nada más renovaremos en esa noche nuestro deseo de ser mejores, otra vez, un año más y le diremos nuevamente que este año sí, aunque él sepa que probablemente no será así; él quedará contento porque sabrá que pondremos, nuevamente, el mejor de nuestros empeños.

¡Feliz Navidad!

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