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Comentario del evangelio: Asistidos para no fallar Ya sabemos que al adorar a la Trinidad vivificante, consustancial e indivisible, el creyente está llamado a distinguir entre las diversas Personas. Así confiesa que el Padre envía al Verbo y que, al hacerlo, envía también su aliento. Hoy nos sentimos invitados a fijarnos de modo particular en esa tercer Persona divina. El Catecismo nos dice, en el numeral 691, que "Espíritu Santo" es precisamente el nombre propio de aquel que adoramos en la Iglesia con el Padre y el Hijo. Un nombre se ha recibido del mismo Señor y que ella profesa en el bautismo de sus nuevos hijos (cf Mt 28, 19). Llamado también Espíritu de la promesa (Ga 3,14; Ef 1,13), Espíritu de Cristo (Rm 8,11) o Espíritu de Dios (Rm 9, 14; I Co 6,11), entre otras denominaciones y representado por medio del agua, la unción, el fuego, la nube y la luz, la paloma o el dedo de Dios, se manifiesta, da y comunica el día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales). Y es precisamente en ese momento cuando se revela plenamente la Trinidad. Con su venida, que no cesa, el Espíritu hace entrar el mundo en los tiempos finales, el tiempo de la Iglesia, el Reino ya heredado, pero aún no acabado. San Basilio el Grande escribía: "Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales (.) , nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna" (Spir. 15,36). Impresionantes líneas que hemos de asociar a otras: "La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia (.y) esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo." (Catecismo, 737). Un don de santificación que se une al elemento misión: dos caras de la misma fiesta que hoy celebra la Iglesia. Supuesto lo anterior es como comprendemos mejor los alcances de la expresión que hoy le escuchamos a Jesús: "recibid el Espíritu Santo". Un don que dependía enteramente de su glorificación, lo cual explica que Juan una profundamente ambas realidades a diferencia del esquema seguido por Lucas, que resulta más histórico y lento. Gran fiesta la de hoy. Pero ante todo una fiesta de compromisos. Nos sentimos enviados, animados y fortalecidos. Nos toca a nosotros tomar conciencia renovada de ello y dejarnos de cobardías de cara a cumplir lo que nos toca como cristianos: prolongar en la historia -asistidos por el Espíritu- la obra de Cristo. P. Mauricio Víquez Lizano
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