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El tribunal Eladio Jara Jiménez El Tribunal Supremo de Elecciones nació durante una época angustiosa, en la cual la policía obligaba a respetar los fraudes electorales. En esos días no era obligatorio llevar la cédula para emitir el voto y muchas personas, amparadas por las autoridades, votaban varias veces en diferentes mesas y siempre a favor del candidato oficial. Lo que sucedió en 1944 fue que León Cortés, expresidente de la República con un enorme prestigio por las obras que fueron realizadas durante su gobierno, se convirtió en candidato de la oposición, y el presidente Rafael Ángel Calderón Guardia no soportaba verlo ni en pintura. Al revés. Entonces se inventaron nuevas fórmulas de fraude: se colocaban papeletas ya marcadas en las urnas antes de empezar la votación, los resultados al final del recuento de votos debían enviarse a la Casa Presidencial y, desde ahí, los datos de cada mesa se leían por la radio al revés cuando eran favorables al candidato de la oposición, se asaltaban las mesas de votación y hubo hasta muertos por defender esas urnas electorales.
Así salió elegido presidente de la República don Teodoro Picado, que era un buen abogado, pero fácil de manejar por los comerciantes de la política. Dos años después hubo que hacer una huelga de brazos caídos en señal de protesta por los abusos de las autoridades y para exigir al Gobierno garantía de pureza en el siguiente torneo electoral. De esa coyuntura nació el Tribunal Supremo de Elecciones, creado durante la administración de Teodoro Picado. Desde entonces, se acabaron los fraudes electorales. Las primeras elecciones presididas por este Tribunal fueron las de 1948, en las cuales se declaró presidente electo de la República a Otilio Ulate, candidato de la oposición. Acción heroica. Cuando este resultado fue violado por el Gobierno, un grupo de muchachos dirigidos por José Figueres comenzó la guerra civil de 1948 y en esa forma heroica obligaron a las autoridades a respetar la elección de Ulate. El Tribunal Supremo se convirtió en la máxima autoridad electoral y, desde entonces, todos los resultados se han respetado. Los dos partidos mayoritarios han gobernado en forma alterna y, aunque algunas veces hubo resultados similares a los de esta última elección, siempre se respetó el veredicto final. En 1966, todas las encuestas daban el triunfo a Daniel Oduber; sin embargo, el día de las elecciones, los que habían dicho que no iban a votar decidieron hacerlo a favor de don José Joaquín Trejos, y Oduber perdió por 5.000 votos. No hubo más que aceptar ese resultado, aunque algunos decían que eso era entregar el poder otra vez a los "mariachis". El presidente era Francisco Orlich y, sin discusión, había que entregar el poder a don José Joaquín Trejos. Desde 1948 no hay fraudes electorales en nuestro país. ¡Cuántos desearían poder decir lo mismo!
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