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Nombramiento trascendente

Parece que algunos creían haber construido un muro de impunidad invulnerable

Rodolfo Saborío Valverde
rodolfo@saborio.com


El desmantelamiento del sistema de tráfico de influencias que se había adueñado de la vida pública costarricense apenas comenzó con la exposición, por parte de la prensa, de hechos objetables atribuibles a tres expresidentes.

Mal haríamos en creer que bastó con la revelación en detalle de los casos ya conocidos para poner fin a una serie de prácticas que se habían engendrado a lo largo de décadas y ante las cuales no ha habido todavía respuestas legislativas a la altura que demanda la gravedad de los hechos descubiertos.

Por esta razón, resultan completamente injustificables las dudas o reparos que formulan algunos actores políticos ante la aspiración legítima de avanzar en su carrera judicial, de quien ocupa, por un plazo en vías de expiración, el puesto de Fiscal General de la República.

Enorme mérito. No puede caber ninguna duda de que al Fiscal General corresponde el enorme mérito de haber actuado con un alto sentido de sus responsabilidades institucionales al otorgar un apoyo pleno al equipo de profesionales del Ministerio Público encargados de liderar las delicadas investigaciones que involucran a los expresidentes.

El coraje, la honradez y la determinación del Fiscal General fueron los ingredientes que permitieron mantener a flote la credibilidad en el anquilosado engranaje del Poder Judicial, lo que al fin de cuentas permitió que los ciudadanos pudieran preservar su fe en la debilitada institucionalidad costarricense, erosionada a más no poder por el espectáculo bochornoso del desgobierno del anterior Presidente, y ampliado con creces por uno de los Congresos más desprestigiados de la historia nacional.

Sin ese liderazgo sereno, pero enérgico a la vez, probablemente nuestra institucionalidad habría sufrido un trauma todavía mucho más dañino que el que efectivamente se dio.

La actual Asamblea Legislativa ha intentado desmarcarse del abismo que cavó su predecesora, pero ha topado con grandes dificultades, algunas originadas en hechos casuales o imprevisibles, otras productos del desgaste del modelo político vigente y la imperdonable falta de adopción de medidas correctivas. Se equivocarían gravemente los señores diputados si pensasen que el nombramiento que actualmente tienen en sus manos no guarda relación alguna con las graves denuncias que ha conocido el país en los últimos años. Resulta evidente que en los últimos meses ha habido un reagrupamiento de fuerzas de quienes son objeto de investigación por múltiples transacciones documentadas por la prensa y ahora pretenden aparecer como las víctimas de una persecución.

Su principal objetivo en la campaña de desinformación que parecen haber organizado es, en este momento, bloquear la designación como magistrado de quien ven como un símbolo de la rendición de cuentas a la que se vieron sujetos inesperadamente, probablemente por haber sobreestimado la efectividad del muro de impunidad que suponían haber construido durante largos años en los que no se hizo un solo nombramiento que no pasase por su minucioso escrutinio. Tal parece que todavía no se acostumbran a que las cosas podrían estar cambiando.

Liderazgo del Fiscal. El estado generalizado de desconfianza ha comenzado a cambiar en gran parte por el liderazgo del Fiscal General, y el país entero reconoce y aplaude esa determinación. A su carácter probado y demostrado en uno de los momen-tos cruciales de la historia del país, se agrega un perfil académico y profesional que lo ha hecho merecedor de una de las mejores calificaciones en el proceso de evaluación llevado a cabo por la comisión encargada de analizar sus atestados.

Cualquier pretexto que se utilice para disminuir los méritos que con toda justicia corresponden a quien facilitó que ese proceso comenzase en un país agobiado cada vez más por la desconfianza y la insatisfacción con las autoridades públicas, significaría un retroceso en la ardua labor que aún queda por delante para restablecer la credibilidad en los políticos, los gobernantes y la vida republicana en su conjunto.

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