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Santa y bella


Irene Núñez Carmona
Educadora

En la década de 1960, cursaba la primaria en la escuela José Ana Marín, en Coronado. Una vez pasada la celebración del 25 de julio, los esfuerzos de maestros y alumnos se centraban en los actos alusivos al Día de la Madre. Bajo la mirada de la niña Luz, confeccionábamos una canastita de papel, la cual ella llenaba de confites, regalo para nuestras madres, y mi mayor tentación.

El salón de actos de la escuela se convertía en el punto de ensayos: bailes, canciones, poesías, dramatizaciones alusivas a la fecha. Llegado el día, a las tres de la tarde no quedaba una sola silla disponible. El gozo para nosotros –los “actores”– era indescriptible: la presentación debería salir perfecta: el mejor regalo para nuestras madres.

Del corazón. Las notas de las canciones, más que de nuestras pequeñas gargantas, nos salían del corazón. Entonces llegaba el momento de cantar: “tiene los cabellos blancos, muy arrugada la frente, pero es la más bella de todas las mujeres...”, mi preferida, aunque observaba a mi madre, que entonces no tenía los cabellos blancos ni arrugada la frente, ni los tiene ahora, aunque cuenta con 85 años, no por efecto de los químicos, sino por las bondades de su genética.

La familia ha crecido mucho desde entonces: hijos, yernos, nueras, nietos, bisnietos, tataranietos, y mi madre ya no quiere ni necesita cosas materiales ni electrodomésticos ni ropa ni zapatos ni abrigos...: “De todo tengo, mamita –dice–. Solo quiero saber a qué hora van a venir”. ¡Qué difícil!

No se podrá. Algo tan sencillo como era esa visita especial, esa reunión familiar, no se puede hacer. Porque el Día de la Madre estamos en nuestros trabajos, en las casas de estudio o en las ocupaciones habituales de un día laboral. El encuentro hay que dejarlo para el lunes. Las misas en los cementerios y en las iglesias, tampoco tendrán mucha asistencia: la mayoría de las personas no podrá asistir.

¡Cuántos adultos mayores como ella se quedarán esperando la reunión familiar! Para este año, no hubo voluntad legislativa para hacer el cambio, quizás para el próximo lo logremos... Esperamos que Dios les permita llegar a esas adultas mayores, y volver a la celebración el día que corresponde porque, como dice el refrán popular, “los lunes ni las gallinas ponen”.

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