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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com El lunes pasado, en Ginebra, la Comisión ad hoc del Consejo de la Universidad para la Paz seleccionó, tras un análisis depurado de sus atestados académicos, a los candidatos a la Rectoría de esta institución internacional, con sede en Costa Rica. Entre estos figura el Dr. Fernando Durán Ayanegui, costarricense, por mil títulos ilustre, con credenciales sobresalientes para ocupar esta posición y desempeñarla a cabalidad. Pero, he aquí que, el 26 de enero pasado, Felipe González, expresidente del Gobierno de España, secundado por algunos dirigentes políticos latinoamericanos presentes, en San José, en el encuentro del “Círculo de Montevideo”, presentó la candidatura del expresidente uruguayo Julio María Sanguinetti para dicho cargo. Dos sorpresas: la postulación de esta candidatura, desde Costa Rica, frente a la candidatura de un costarricense, y, peor aún, la firma, entre ellos, del ministro de Vivienda, Fernando Zumbado. La falta de coordinación salta a la vista, dado el hecho de que la candidatura del Dr. Fernando Durán ha sido promovida por el canciller Bruno Stagno y acuerpada por el ministro de Seguridad Pública, Fernando Berrocal, miembro del Consejo citado. Bien sabemos que los ticos solemos firmar cartas y documentos sin cuestionarnos el contenido, pero, en materia tan especial como esta, cuando se compromete al país, deben prevalecer la cautela, el respeto y la coordinación. Se impone, por lo tanto, el deber de retirar esa firma y, en aras de la coherencia, promover, con más ahínco todavía, al candidato costarricense como tal y, particularmente, por sus credenciales. Y ¿quién mejor que el propio presidente Arias, premio Nobel de la Paz, para hacerlo? Don Fernando Durán reúne todas las condiciones para ser rector de la Universidad para la Paz. Su currículo en formación académica, carrera académica y profesional, investigación científica, experiencia educativa, distinciones, producción literaria, publicaciones y libros, difícilmente encuentra parangón en Costa Rica. Resalto, además, la conjunción, tan compleja, fecunda y necesaria en el mundo actual, de integridad personal, ciencia y humanismo en el más alto nivel. La paz es un bien humano integral, que exige, en consecuencia, visión, formación y experiencia integrales. La educación para la paz supone este tipo de personalidad, en una época en la que el relativismo, la mera información y la fragmentación del saber –y del ser– nos ha trastornado el sentido de la realidad y de la vida.
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