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Costa Rica, el ejército y Ortega

Nos encontramos de vuelta a los infundios en “un matrimonio sin causal de divorcio”

Juan Ramón Rojas
jrojasp@ice.co.cr
Periodista

Decía don Édgar Ugalde, actual vicecanciller, que el de Costa Rica y Nicaragua es un matrimonio sin causal de divorcio. Por sobre las diferencias circunstanciales, los pueblos y los gobiernos han superado, con sensatez, las diferencias que se han presentado a través de la historia.

Desde los albores de la independencia, Costa Rica ha sido refugio de nicaragüenses que llegaron huyendo de las dictaduras y, últimamente, escapando de la miseria que sufre la mayoría de la población. Tratando de superar los problemas que supone el desarraigo de su patria, lejos de su familia y la incomprensión de algunos costarricenses, aquí han encontrado abrigo, salud y educación para sus hijos, y han aportado su trabajo al desarrollo costarricense.

El apoyo de Costa Rica fue decisivo en la lucha contra el somocismo, puso su esfuerzo y prestigio para aislar internacionalmente a la dictadura y prestó su territorio para las operaciones de los sandinistas, políticos y militares, que derrocaron a Anastasio Somoza.

¿Ilusa suposición? Resulta extraño entonces el comportamiento del presidente Daniel Ortega. Se suponía que los años y tres fracasos electorales lo habían madurado. Se podía esperar una actitud distinta. Durante el esperpento de ceremonia de toma de posesión, ignoró prácticamente al presidente Óscar Arias, igual que lo hizo con otros gobernantes invitados, para fijar su atención únicamente en el venezolano Hugo Chávez.

Ahora habla de que Costa Rica tiene ejército, con el fin de justificar su negativa destruir 1.000 misiles, en un país empobrecido que lo que menos necesita son armas y que tuvo la voluntad política de reducir su tropa de más de 200.000 a unos 13.000 hombres, entre 1990 y el 2006. ¿Para qué necesita armamento? ¿Para enfrentarse a Estados Unidos? ¿O a sus vecinos? Ortega, abrazado ahora con las fuerzas más conservadoras de la política y la Iglesia Católica nicaragüense, continúa siendo una persona enigmática e impredecible.

Recuerdo una discusión hace muchos años, con un asesor del entonces ministro de interior, Tomás Borge. Me insistía en que Costa Rica disponía de un ejército formidable. “Yo he visto tanques de guerra en las calles de San José”, afirmaba. Le aseguré que en mi vida jamás los había visto y que, aparte del cine y la televisión, llegué a conocerlos en Panamá cuando el Ejército Sur de EE. UU. los hacía desfilar por la Zona del Canal en abierto desafío al general Noriega.

Deliberada confusión. El presidente Ortega vuelve con la historia, confundiendo deliberadamente ejército con una fuerza policial. No es de extrañar estos delirios de este curioso personaje, y es muy posible que esta conducta sea la que marque las relaciones con Costa Rica durante su administración. Resulta revelador que con el único presidente de Centroamérica con quien no ha tenido una reunión bilateral sea con Óscar Arias, su vecino más importante por el tema político y migratorio y las intensas relaciones comerciales y las inversiones entre las dos naciones.

Es probable que sea esta una expresión del resentimiento que guarda una minoría de nicaragüenses contra Costa Rica y que se manifiesta en los frecuentes arrebatos de que le queremos robar el río San Juan o porciones de territorio, o los trasnochados reclamos del territorio guanacasteco. Arnoldo Alemán explotó muy bien este sentimiento patriotero, y no hay por qué dudar de que no lo pueda hacer su socio político.

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