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/ LA NACIÓN

¡Qué mal, don Ottón!

¡Secuestro y monopolio de las porcioncillas del saber por sus sumos hierofantes!

Jacques Sagot
Pianista

Apruébenlo o no lo aprueben. Pero intentemos por lo menos razonar correctamente. Me refiero al TLC, sí. Y me refiero también al reciente artículo de don Ottón Solís.

No solo acepto sus divergencias ideológicas, las celebro, que es lo propio de todo espíritu pluralista. Pero hay algo que sí no acepto: los “razonamientos” acomodaditos, los paralogismos, la falsa lógica. Mala cosa, hablar desde las llagas mal suturadas.

Procedo ahora a comentar las incongruencias de este arrumaco de sofística (“sofista” significó originalmente “maestro de sabiduría”, luego pasó a designar a quienes, con mayor o menor finnesse , disfrazan dialécticamente sus disparates).

Uno: chirrido de cuchillo sobre un plato de cerámica. Don Ottón sostiene que no es necesario leer el TLC porque ya sabemos que es malo. ¿Ah, sí? Pues entonces tampoco leamos El Quijote porque ya sabemos que es bueno.

Dos: chirrido de uñas sobre una pizarra. Según don Ottón, desperdiciar el tiempo con el TLC es como leer Mein Kampf. Basta con considerar su autoría para inferir la perversidad del texto (¿estarán los campos de concentración contemplados en el TLC?). Pero no olvidemos que Hitler fue declarado genocida a posteriori de su elección como canciller. Antes del nefasto evento bien hubiese valido la pena leer el libro de marras. Un anacronismo, y bien chambón por cierto: después del hundimiento del Titanic, todo el mundo “supo” de qué manera pudo haberse evitado la catástrofe.

Tres: chirrido de dientes en fricción. Pregunta don Ottón: “¿Donde están los estudios hechos por los costarricenses que promueven este TLC, en los cuales llegan a la conclusión que lo que le sirve, por ejemplo, a Nicaragua y a Maroco es lo que le sirve a Costa Rica? ¿Van a intentar convencernos de que existen recetas universales en materia de desarrollo?”. El vaticinador de naufragios elabora luego un reporte de los efectos cataclísmicos del TLC en México.

¿En qué quedamos entonces? Si en efecto no hay “recetas universales”, el caso de México –debido a “sus particularidades históricas”– no puede ser asumido como anticipo de hecatombe para Costa Rica. ¡Incoherencia en mi bemol mayor! Cuando afirmamos que lo que le sirve a Maroco no tiene por qué servirle a Costa Rica, abolimos el principio de las “recetas universales. Cuando afirmamos que lo que no le sirve a México no puede tampoco servirle a Costa Rica volvemos a proclamar el principio de las “recetas universales”. ¡Cuán facilongo y mal formulado!

Cuatro: chirrido de silla metálica arrastrada sobre un piso de lozas. Sentencia don Ottón: “¡Dime quién paga la campaña multimillonaria y te diré a quién beneficia el TLC”. Vieja fórmula, esa del “dime quién”… La falacia por conclusión desmesurada. He aquí un ejemplo: el Real Madrid ganó el campeonato, de ello se desprende que los árbitros, representando los intereses de las grandes firmas que están detrás del equipo, favorecieron sórdidamente su actuación. Quizás, pero no necesariamente. Tal hipótesis puede a lo sumo justificar una suspicacia, nunca constituirse en prueba.

Cinco: chirrido de bisagra mal engrasada. El argumentum ad baculum (báculo o bastón): acudir a la falsa autoridad para establecer una “verdad”. La implícita recomendación de don Ottón es: no lea el TLC porque yo sostengo que es innecesario hacerlo.

Seis: chirrido de chicharra copulando con un grillo. La falacia tu quoque , que don Ottón acomoda de la siguiente manera: “Si ningún país desarrollado ha puesto en práctica las políticas del TLC, es porque esa no es la ruta para el desarrollo”. ¡Qué pensamientazo! Tan absurdo como afirmar que si mi odioso jefe no fuma, ello significa que yo debo a toda costa hacerlo.

Ninguno –repito– ninguno de los argumentos propuestos por don Ottón califica, en el sentido estricto del término, como prueba de la malignidad ética del TLC. Menos todavía pueden constituirse en razón válida para desincentivar su lectura. Y eso sí es mala fe.

Mi amiga Yalena de la Cruz expresó hace poco su orgullo por haber estudiado en un colegio donde la lectura, más que estimulada, era cultivada como músculo del espíritu crítico: el Liceo Franco Costarricense (fuimos compañeros). ¡Y ahora viene este señor a prohibirnos leer y entender –en la medida en que nuestro instrumental teórico nos lo permite– el TLC!

Mejor que todo eso, don Ottón: pongamos los 17 volúmenes del documento en el Index de los libros prohibidos por la Santa Inquisición. Quemémoslos. Oficie usted la ceremonia del auto de fe y también, ¿por qué no?, del exorcismo colectivo: ¡Malleus maleficarum!

Claro está, siempre cabe “eliminar” al opositor a través de la más burda de las falacias: la descalificación epistemológica (“¿qué sabe don Jacques de todo esto?”). ¡Ah, la territorialidad temática! ¡El secuestro y monopolio de las porcioncillas del saber por sus sumos hierofantes! ¿Cómo se atreve un pianista y escritor a venir a orinar en mi patio? De eso, amigos, hablaremos luego. Con profusión.

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