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China, apuesta de futuro


Pablo Guerén Catepillán
Periodista

Recurro a la experiencia chilena para que usted tenga un punto de referencia concreto a la hora de valorar la decisión de establecer lazos con la República Popular China, y no se deje llevar por aquellos que todo lo encuentran inaudito sin pensar en el futuro del país.

El 1.° de octubre del 2006 se puso en marcha el Tratado de Libre Comercio (TLC) entre China y Chile. El acuerdo fue aprobado por la unanimidad de los votos del Senado chileno, con el apoyo de la derecha pinochetista y la izquierda democratacristiana y socialista. ¿Por qué? Fácil. Tal y como lo señalé aquí mismo hace unos meses, para un país de 16 millones de habitantes como Chile, acceder a un mercado de 1.300 millones de personas y fortalecer su presencia mundial por medio del intercambio de sus productos y servicios constituye una necesidad de primer orden.

Y aunque es temprano para ver resultados, las primeras señales son muy positivas. Según cálculos oficiales, las exportaciones chilenas hacia Pekín, que en el 2004 llegaron a $3.209 millones, aumentarán de inmediato en $800 millones como consecuencia del TLC, y a mediano plazo se duplicarán.

Crecimiento y empleo. Lo mejor de todo es que el impacto del acuerdo se traducirá en un crecimiento del PIB chileno de 1,4% y la generación de 35.000 puestos de trabajo, en su gran mayoría para los más jóvenes.

Se espera que China lleve múltiples inversiones a suelo chileno, lo que abre un abanico de posibilidades para todos los sectores de esa economía y permitirá, a la vez, diversificar la oferta exportadora del país del cobre y el vino.

Por otro lado, los requerimientos de 1.300 millones de chinos son tan diversos, sobre todo en materias primas y alimentos, que el TLC favorecerá a todas las provincias chilenas por igual, incluso las más alejadas de Santiago, considerando la canasta exportadora que cada una de ellas puede ofrecer al gigante asiático.

Con la firma del TLC, Chile aspira además a convertirse en una verdadera plataforma de negocios y puente de conexión para el intercambio de bienes entre Latinoamérica, China y Asia, generando aún mayores oportunidades económicas y comerciales para el país.

Y va por más. Así que, mientras en Costa Rica algunos quieren seguir en la indefinición, Chile ya destina más del 36% de sus exportaciones a mercados asiáticos, y va por más. Ya tienen acuerdos con Corea, Brunei, Nueva Zelanda, Singapur e India, y están negociando con Japón y Malasia.

Todo esto ocurre porque, hace rato, la sociedad chilena entendió que solo por medio de una mayor interacción con los principales mercados del planeta su país crece y puede elevar las condiciones de vida de los ciudadanos en áreas como educación, salud, vivienda e infraestructura.

Un dato: en solo 17 años, tras el fin de la dictadura, la pobreza en Chile disminuyó de un 38,6% a un 13,7% de la población. ¡Y aquí hablando de políticas cuánticas!

Dice el refrán chino: “Hay tres cosas que nunca vuelven atrás. La palabra pronunciada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida”. Basta de desperdiciar el tiempo. Basta de extrañas melancolías. ¿Vergüenza? ¡No, señor, realismo! Es hora de que Costa Rica apueste al futuro. ¡Bienvenida China!

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