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Tiempo de testigos, tiempo de misión En la misa de inauguración de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, Benedicto XVI ha dicho: “El Papa Juan Pablo II os convocó para una nueva evangelización, y vosotros respondisteis a su llamado con la generosidad y el compromiso que os caracterizan. Yo os lo confirmo y (…) os digo: sed discípulos fieles, para ser misioneros valientes y eficaces”. Unas palabras que suenan ha mandato misionero y que se pueden comprender perfectamente como prolongación fiel e histórica de otras más decisivas aún y que hoy la Iglesia nos regala en el evangelio de este domingo: “Vosotros sois mis testigos… yo os enviaré” (v. 48s). En esta fiesta de la Ascensión, conmemoración litúrgica del regreso de Jesús al Padre, nos sentimos efectivamente impelidos “a ir”, nos sentimos necesitados y en camino. Nos urge la presencia cercana del Espíritu. Nos quema la idea de permanecer pasivos mirando sin más a lo alto sin movernos, sin creatividad alguna, sin una idea cierta de cuanto ocurre a nuestro alrededor para reaccionar adecuadamente. El Santo Padre y su voz marcadora de vías nuevas y audaces, en la Basílica del Santuario de Aparecida este 13 de mayo, decía otras palabras que hoy nos suenan particularmente intensas: “Tiempo de la Iglesia, tiempo del Espíritu Santo. Es el Maestro que forma a los discípulos; los hace enamorarse de Jesús; los educa para que escuchen su Palabra, a fin de que contemplen su Faz (…). Asimismo, gracias a la acción del Espíritu Santo, Jesús se vuelve la ‘vía’ en la cual camina el discípulo”. Ante la cercanía de la fiesta de Pentecostés, esta afirmación papal no solo es instrucción, también es recordatorio y, además, invitación a ser discípulos que, mirando fijamente a esa “Vía”, hemos de ser ciertamente más fieles pero, adicionalmente, mucho más eficaces para vivir este tiempo de la Iglesia y del Espíritu con un sentido nuevo y especialmente intenso. Termino poniendo la atención en una expresión que aparece al final de la perícopa de hoy. El autor sagrado afirma que los discípulos, luego de todo lo ocurrido, regresaron a Jerusalén y estaban “alegres” (v.52c). Un detalle esencial pues la gran consecuencia de la resurrección, del envío y de la misión es el gozo. No puede ser de otra manera. Un cristiano triste es un triste cristiano. Una comunidad creyente amargada, es un fracaso lamentable. Gozo: un reto en el camino de la misión. Gozo con paz: una conquista fruto de la labor ilusionada del cristiano y de la Iglesia viva de hoy y de siempre. Mauricio Víquez Lizano, pbro.
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