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Walker en Centroamérica

El plan de Walker no encaja bien en el esquema previo del “destino manifiesto”

Alejandro Jenkins Villalobos


Tanto la reciente celebración del sesquicentenario de la Campaña Nacional de 1856-1857 como el debate en torno al tratado de libre comercio con los EE. UU. han contribuido a avivar el interés dentro de los círculos intelectuales costarricenses por la historia de la lucha contra los filibusteros. Desafortunadamente, muchos de quienes se han referido últimamente a este tema repiten el error, muy arraigado en la conciencia colectiva de nuestro país, de simplificar los hechos históricos para convertirlos en herramientas de la retórica nacionalista.

Comúnmente se presenta a los filibusteros de William Walker como agentes del imperialismo esclavista estadounidense, amparados en la ideología del “destino manifiesto,” derrotados por la tenacidad y valentía del ejército campesino organizado por el heroico Juanito Mora. Aunque esta visión no es del todo falsa, esconde una realidad más compleja que no se presta tan fácilmente para los usos propagandísticos que algunos buscan darle.

En el siglo XIX, el movimiento expansionista estadounidense inspirado por el “destino manifiesto” buscó anexar y colonizar las tierras muy escasamente pobladas que separaban a los límites de esa nación del océano Pacífico. Incluso los extensos territorios que los Estados Unidos arrebataron a México tras la guerra de 1846-48 tenían una población ínfima, compuesta principalmente de tribus indígenas dispersas que nunca estuvieron sujetas, en la práctica, a la autoridad mexicana.

El “destino manifiesto”. Fue un proyecto muy controversial en los EE. UU. Apoyado por el Partido Demócrata (responsable de la anexión de los territorios de Oregon y Texas y de la guerra con México), fue denunciado como innecesario e inmoral por el Partido Whig y el Partido Republicano.

William Walker fue una figura carismática y excéntrica, con un gusto por la aventura que lo llevó a emprender una serie de proyectos ambiciosos que invariablemente fracasaron. Formado como médico y luego como abogado, Walker ejerció el periodismo en Nueva Orleans y San Francisco pero lo que realmente deseaba era la gloria militar. En 1853 intentó conquistar con un pequeño ejército personal los territorios de Baja California y Sonora pero fue fácilmente repelido por el ejército mexicano.

En 1855 fue contratado como mercenario por el Partido Liberal nicaragüense, que peleaba una guerra civil contra el régimen de Fruto Chamorro, del Partido Conservador. Aunque la decisión de recurrir a Walker, que acababa de invadir territorio mexicano, resulta sorprendente, es necesario recordar que en aquel entonces para muchos liberales latinoamericanos, opuestos al autoritarismo reaccionario de los terratenientes conservadores, Estados Unidos ofrecía un modelo atractivo de democracia y progreso material. En el contrato firmado con Walker los liberales nicaragüenses le ofrecieron a él y a sus hombres tierras en las que podrían establecerse como colonos, sin reparar en que la intención de Walker era gobernar Nicaragua por cuenta propia.

El plan de Walker no encaja bien dentro del esquema previo del “destino manifiesto”, puesto que buscaba conquistar un país que no era contiguo al territorio estadounidense y que tenía una población propia considerable, con una cultura hispanohablante arraigada que podía ejercer una fuerte resistencia al dominio anglo-sajón. El propio Walker nunca propuso anexar Centroamérica a los Estados Unidos.

El aliado en EE. UU. Aunque el presidente Franklin Pierce brevemente reconoció al régimen de Walker como el legítimo gobierno de Nicaragua, el único verdadero aliado que Walker llegó a tener en las altas esferas políticas de Estados Unidos fue el exsenador de origen francés Pierre Soulé, entusiasta partidario de la esclavitud negra, institución que en 1856 Walker propuso reintroducir a Nicaragua.

En aquel entonces, antes de la construcción del ferrocarril transcontinental y del canal interoceánico, la principal ruta para transportar personas y mercancías entre Nueva York y San Francisco era la “Vía del Tránsito” que pasaba por el río San Juan, el lago de Nicaragua y el estrecho de Rivas, y que controlaba Cornelius Vanderbilt, el mayor magnate de Wall Street. Cuando Walker revocó el contrato del gobierno nicaragüense con Vanderbilt, este movilizó todas sus influencias para derrotar a Walker. Por su parte, el imperio británico, que controlaba la costa atlántica de Nicaragua y Honduras, temía la interferencia de los filibusteros con sus intereses en la posible construcción de un canal interoceánico. Fue la marina británica la que capturó a Walker en 1860 y lo entregó a las autoridades hondureñas para que lo ejecutaran.

Don Juanito Mora, líder hábil y valeroso en la lucha contra los filibusteros, tristemente fue en otros ámbitos autoritario y corrupto. Miembro de la oligarquía cafetalera, llegó al poder amparado en la constitución de 1848, que restringía el sufragio a quienes tuvieran tierras con un valor superior a 300 pesos o rentas anuales de más de 150 pesos. Decretó el monopolio estatal de la fabricación de aguardiente, cuyas utilidades lo enriquecieron a él y a sus allegados, e inconstitucionalmente disolvió el Congreso en 1852 en un autogolpe calculado para acabar con la oposición. Reelecto en 1859 en forma fraudulenta, su intento de expropiar y subastar las pequeñas parcelas de una gran área de San José desató una revuelta que lo envió al exilio. Mora falleció al año siguiente de la misma forma que Walker: fusilado tras intentar retomar el poder por las armas.

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