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J. Eduardo Rojas Padilla | eduardo80@costarricense.cr |
Ingeniero en Biotecnología
Después de superar el estupor y la molestia generados por la lectura de los artículos seudocientíficos enviados aLa Nación en torno a las “evidentes fallas” de la teoría evolucionista de Darwin, ( “Los dogmáticos de la evolución” , “Los críticos de la macroevolución” , “Creación y evolución” y “Las carencias de la macroevolución” ) finalmente creo dar lectura correcta a la profunda confusión, desinformación y manoseo de información en un tema con sabor tácito a debate entre ciencia y dogma religioso, este último a escoger al gusto.
Como bien se señala en el primero de estos artículos, es labor de los científicos dilucidar los misterios de la ciencia. También es su labor corregir el curso ante rutas equivocadas y evidenciar alternativas con argumentos científicamente demostrables. Por supuesto, la ciencia no es religión y en ella existe un enorme espacio para el error. Por lo tanto, hay buenos científicos y malos científicos; hay buena ciencia y no tan buena. En un tema como el presente, no son los nombres los que cuentan, son las evidencias que sustentan las teorías.
Micro- y macroevolución . Efectivamente el neodarwinismo, que creció a partir de Dobzhansky hasta el concepto actual de síntesis evolutiva moderna, acepta ampliamente los términos microevolución y macroevolución. El primero considera los cambios pequeños y progresivos que ocurren en los individuos de una especie. El segundo, en cambio, contempla la suma de todos estos cambios en un período de tiempo mayor y en una escala también mayor, esto es la obtención de nuevas especies y cambios poblacionales importantes. Ninguno de los conceptos refuta a Darwin, por lo que los méritos de su trabajo merecen ser enseñados y celebrados sin lugar a cuestionamien- tos dudosos.
Es justo mencionar que efectivamente ha habido grupos de científicos que han diferido y que difieren en las diferencias entre micro- y macroevolución. Entre estos se encuentran Goldschmit, Waddington y Schmaulhausen, este último autor de la “Ley Schmaulhausen” que postula que los cambios genéticos pequeños en especies no tienen mayor consecuencia física o fisiológica, a excepción de momentos de gran estrés ambiental, donde los cambios pequeños son significativos. Posteriormente estas hipótesis fueron ampliamente desechadas por la comunidad científica ante la incapacidad de proponer un mecanismo que explicara la evolución en un ambiente sin estrés.
Evidentemente, el debate sobre la macro- y microevolución continúa; pero siempre girando en torno al concepto Darwinista de evolución, el cual sigue siendo considerado como la piedra angular de la Biología.
El manoseo. Como buenos dogmáticos, los creacionistas tergiversan el debate científico en función de probar la teoría del “diseño inteligente”. Como muy bien señala Gould, “Los creacionistas pervierten y caricaturizan este debate ignorando convenientemente la convicción común que le subyace (la evolución), y sugiriendo falsamente que ahora los evolucionistas dudan del propio fenómeno por el que luchamos por comprender”.
Esta línea de artículos que han sido publicados porLa Nación tienen tres niveles de discusión: a) la solapada lucha ciencia vs. religión señalada al inicio; b) la validez de la teoría evolucionista como mecanismo para comprender el desarrollo y evolución de la vida en la tierra vs. una versión creacionista que carece de evidencia científica y podría bien ser entendida como la versión 2.0 del Génesis; y, finalmente, c) un debate sobre la enseñanza de la ciencia en nuestras escuelas y colegios.
Es en este punto donde hay que ser particularmente tajante: hay verdades y hay mentiras. Es gracias a la incesante búsqueda de la verdad a través del conocimiento como hemos podido tener el mundo que hoy tenemos. Desincentivar la búsqueda de respuestas desde la niñez y darle la espalda a la evidencia científica disponible al día de hoy, sería volver al oscurantismo y, sin duda, algo equivocado que conminaría a someternos a la dictadura de la desesperanza...
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