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Página QuinceCatalina Murillo | catalinamurillo@hotmail.com |
Escritora
Llega diciembre, enloquecido por la publicidad y los aguinaldos; diciembre, loco de compras y alcohol y comilonas; llega diciembre y con la brisa fresca y el sol otoñal trae inevitable el recuerdo de Ivannia Mora, periodista asesinada un día antes de la que llamamos Nochebuena.
Morir así, Ivannia, colega y amiga, frente al parqueo de un centro comercial decorado de Navidad, en la vorágine de las compras, las luces, los villancicos. Una moto se te acerca demasiado por la izquierda. Un estruendo. Y un disparo en la cabeza. Morir así. No parecía ni remotamente probable en nuestros destinos cuando, juntas, estudiábamos periodismo.
Ivannia era inteligente, culta, listísima, cáustica incluso, muchas veces. No por ser tonto e ignorante merece uno morir, pero parece que siendo así tampoco merece la pena mandarte a matar. Ivannia se desmarcaba de una cierta tibieza y neutralidad que el estereotipo le atribuye a la idiosincrasia costarricense. Era franca y directa y, en efecto, recordaba a gente de otras latitudes, de otras actitudes. Lo que escalofría es la sospecha de que algo de esa forma excepcional de ser marcó el violento final de su vida. No era una mujer fácil de callar.
A alguien le interesó mucho matarla, silenciarla. Era un crimen imprudente. Me imagino al asesino sopesando si le “compensaba” mandar a matarla o no. Parecía improbable que semejante asesinato quedara impune (ahora parece increíble que así haya sido), se diría el típico caso que el aparato judicial no podría dejar abierto, por respeto a sí mismo, y por la presión que se hubiera esperado de los medios.
Sin embargo, a pesar de lo arriesgado, a alguien le compensó. Tiene que haber sido alguien muy poderoso o algo muy grave lo que estaba en juego. O las dos cosas. Y no debe de haber habido ningún “arreglo” posible porque, por lo que conocí de ella, creo que Ivannia –viva– no tenía precio.
Qué cosa, como escrito con su propia ironía, muere un veintitrés de diciembre y nos obliga ahora a recordarla para siempre en medio de la cantinela comercial de paz y amor y perdón… Perdonar a su asesino no lo hemos podido hacer, ni siquiera sabemos aún a ciencia cierta quién es. De paz y amor hablaremos cuando haya justicia.
Ivannia, muchacha –serás eternamente una muchacha–, por respeto a vos no me pongo dramática (eras poco amiga de sentimentalismos), pero que sepás que no me resigno. Que sepás que somos muchos los que sabemos que seguimos en deuda con vos.
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