LN DEPORTES

Costa Rica, Martes 9 de diciembre de 2008

/DEPORTES

Primera Fila

Como el vuelo de un cometa

Roberto García H. | rgarcia@nacion.com

Periodista

Los sueños son el motor de la superación. Si las ilusiones no se cultivan en la mente, es difícil cumplir después con el itinerario previamente trazado.

La actitud marca el punto de partida y el ¡sí se puede!, el combustible que se requiere para avanzar. Ahora bien, la prudencia aconseja poner a volar a la imaginación como si fuera un cometa.

Es decir, mientras desafía al coloso del viento en las alturas, el cometa pende de un hilo que lo mantiene ligado a la tierra y evita que se desprenda al vacío, una señal de que lo mejor para soñar es alimentar una perspectiva realista. Y esta se logra solo tras un sincero balance entre las fortalezas y las debilidades propias.

Martín era un misceláneo que hacía muy bien su trabajo. En la oficina donde lo conocí, se afanaba tanto que había que quitarse cuando venía con la escoba.

Su pasión era el futbol. Jugaba con la división juvenil del Barrio México. En ratos de tertulia, él mismo prodigaba las bondades de su estilo de mediocampista.

Se ufanaba por su capacidad para recibir y tocar, por su visión periférica y por la potencia que, según él, tenía en ambas piernas.

Sus compañeros lo escuchábamos con interés. Y luego de cada jornada futbolera, lo distraíamos de su función habitual para que nos describiera cómo había sido el partido en el que había participado y cuáles sus mejores lances.

Eran los años setenta. En la Primera División del “equipo canela” brillaban figuras como Alexis Alfaro, William Jiménez, Eduardo Gamboa, Gilberto Ugalde; delanteros pícaros como Carlos Macho Ovares y, principalmente, el legendario mediocampista José Manuel Chinimba Rojas, una inteligencia casi sobrenatural para interpretar la dinámica del futbol y tocar el balón con mentalidad de arquitecto.

Resulta que en una de esas tertulias que solíamos improvisar con Martín, entre su escoba y nuestros deberes, alguien le preguntó: “Si lograras llegar a la Primera División, por el puesto que ocupás en el juvenil, ¿a quién de la Primera te tocaría sustituir?”

Como si no hubiera escuchado, el muchacho reanudó su trabajo. El silencio en la oficina dejaba oír, únicamente, el roce de la escoba al pasar sobre el piso...

“¡A Chinimba Rojas!”, exclamó de súbito, con viva emoción.

Apoyó las manos y su barbilla en el palo de la escoba, entró en cierta introspección y, como si optara por bajar, él solito, de la nube a la que había osado subir, con fina ironía se limitó a expresar:

“¡Vaya duerma, Martín!”.

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