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Daniel Calvo | info@danielcalvo.com |
Estudiante de Ciencias Políticas y Derecho, UCR
La palabra “reforma” o en su plural “reformas”, más que consecuencias lingüísticas pareciera tener repercusiones sociológicas a lo interno de nuestro engorroso trámite legislativo, a tal punto que pareciera que éste nunca dejará de tropezarse con tan infame palabra.
Podrá existir consenso en que algún tema deba ser reformado, pero pocas veces existirá consenso sobre qué específicamente debe ser lo que se reforme y nunca se llegará a consenso sobre cuál es el mejor medio para lograr tales reformas.
Vieja retórica. La evidencia empírica indica que todo aquel título que la adhiera acompañada del adjetivo “integral”, estará condenado a la postergación inmediata de cuanto busca, aunque su uso siempre se prestará para engalanar la más vieja retórica de todo partido político en campaña electoral dentro de su función como poder de la República y para seducir el oído de aquel electorado carente de memoria política, cansado de realidades, deseoso de soñar.
Administración tras administración, seguirán desfilando Comisiones Especiales de Reformas al Código Penal, Reformas Electorales, Reformas al Reglamento Interno de la Asamblea Legislativa entre otras, así como seguirán circulando cientos de proyectos de ley, circunscritos en la categoría de “reformas”, los cuales al final de un nuevo periodo presidencial, en su mayoría quedarán en nada, es decir , sus propuestas se archivarán esperando que algún diputado entrante tenga la venia de desempolvarlas (El ciclo del primer párrafo vuelve a comenzar).
Reformas necesarias. Resultará más sencillo reformar el orden constitucional, por medio de una resolución de la Sala Constitucional, que reformar el resto de las normas de nuestro ordenamiento, inclusive se pensará y tendrá más eco la posibilidad de convocar a una asamblea constituyente antes que reformar la parte procedimental de nuestra carta magna, mediante una reforma integral del Reglamento Interno de la Asamblea Legislativa que contenga entre otras cosas, reducción de plazos en el uso de la palabra, de plazos para aprobación o rechazo de proyectos de ley, de plazo para rendir informes de comisión y un aumento en el tiempo para realizar labores de control político.
De no tomarse al toro por los cuernos, seremos eternamente el país del casi-casi, descrito por Gutiérrez Saxe, siempre en la antesala de ilusiones que en su mayoría nunca llegarán a concretarse.
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