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Costa Rica, Lunes 27 de octubre de 2008

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Julio Rodríguez | envela@nacion.com

En Vela

El desafío de la inseguridad es inmenso. Decirlo parece insensato por lo obvio. También es insensato culpar de esta desventura solo a las autoridades actuales. El mal viene de lejos. No supimos ver a tiempo y los prejuicios se antepusieron a la previsión. Como en casi todo.

Cuando la delincuencia comenzó a asomar la cara en serio, nos refugiamos bajo el manto sublime de la paz. ¿Cómo este país de paz y sin ejército iba, decían los más, a profesionalizar la Policía y aumentar el número de policías? ¿Cómo iba a dotarse del instrumental técnico y legal moderno para investigar y actuar? ¡Qué va! Había que seguir con nuestros amados “tombos”, extraídos de la gleba, cada cuatro años, uniformados con sobras de telas de otros países y, por supuesto, sin saber manejar las armas! Las armas, ¡qué horror! Nuestra democracia les exigía indefensión y el ridículo nada menos que a los veladores de nuestra seguridad, a los que tenían que enfrentarse con el narco, con las mafias y con los asaltantes, que cada día perfeccionaban sus métodos.

Una nación de paz. La profesionalización de la Policía equivalía, decían las vestales del templo y los admiradores de la URSS y de Cuba, a represión, y el Gobierno que lo intentase era represivo… El Estado, decían otros, debía atender otras funciones prioritarias. No sé si habrá algo más prioritario que la seguridad de las personas y de los bienes, cuyo deterioro afecta, de cuajo, el derecho a la salud y a la vida. Pero, no, los ticos somos diferentes y hasta angelicales, y ni siquiera teníamos que defendernos.

Luego, vinieron otros apóstoles de la paz identificada con la impunidad. La paz de los cementerios. Ya conocemos la historia: se ha atrapado a centenares de delincuentes, a veces tras duros “operativos”, que, de inmediato, vuelven a la calle, sin pasar siquiera una noche en la cárcel. “Vete en paz, hijo mío, y no peques más”. Y, claro, la reincidencia ha llegado a niveles de fantasía, al punto que, en otros países, se corrió la voz: “Vamos a Costa Rica, que ahí no pasa nada”. Y pasa de todo. Y en esta estamos ahora con un tráfico de armas escalofriante.

Empecemos por aquí: el Estado debe desarmar a los delincuentes y a todos los que portan armas sin los permisos correspondientes. Hay barriadas en las que la Policía no puede entrar. Son tierras de nadie. Y ya sabemos: las armas no son para lustrarlas, sino para disparar. Mientras no haya un control estricto sobre las armas de fuego y corto-punzantes, estamos expuestos, en la calle y en la casa. Un país sin ejército ha terminado acosado por un ejército de delincuentes armados. ¿Paz? Una guerra silenciosa. ¿Desarme mundial? Desarme tico.

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