LN OPINIÓN

Costa Rica, Lunes 27 de octubre de 2008

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Luis Montoya Salas | analogonluis@yahoo.es

El IV Poder y el TSE

Miembro del Consejo Universitario UNA

A lo largo del siglo XVIII, en la Inglaterra de los Tudor y los Stuart y en medio de encarnizados enfrentamientos políticos de periodistas contra el Parlamento y la Monarquía, quedó acuñado el precepto de la prensa, como el “IV Poder”.

Como a menudo sucede cuando se defienden derechos fundamentales al precio de censura, impuestos, multas y cárcel, la combativa prensa inglesa evolucionó más pujante, rápida y dinámica, en variedad y contenido, que la prensa del resto de los países europeos. (Albert. P. Histoire de la Presse . PUF. 1978).

Más de 200 años después, en una Costa Rica nacida a la democracia al alero de la libertad de expresión, el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) receta cárcel a los directores de los medios informativos (prensa, radio-noticiarios y noticiarios televisuales) si publican encuestas durante el período de “veda electoral”.

Castigo desproporcionado. Existe, sin duda alguna, una desproporcionalidad entre la magnitud del castigo propuesto por el TSE en un proyecto de ley que busca reformar el Código Electoral y la naturaleza del delito: la difusión de encuestas.

Alain Touraine, reconocido sociólogo francés define la encuesta como “un simple instrumento entre otros”, y advierte “no dejarse obnubilar por la impresión de verdad inmanente que le confieren la representación estadísticamente probada de las muestras consultadas”. Para este sociólogo, las encuestas sólo reflejan opiniones de un momento y circunstancia determinados, recogidas por el encuestador en condiciones artificiales.

Quizás gravite por los pasillos del Alto Tribunal Electoral el antecedente marcado por un noticiario de televisión que, en 1994, se atrevió a difundir el mismo día de las elecciones una encuesta que daba por triunfador a uno de los contendientes, cuando aún faltaban ¡más de dos horas para el cierre de las urnas!

Nunca se sabrá cuál habría sido el resultado electoral final si la tal encuesta no se hubiese difundido. Tampoco se podrá demostrar si el efecto sorpresa, tan inédito como inaudito, influyó sobre la intención de los votantes que seguían el proceso electoral desde sus casas.

Volatilidad de la opinión. Lo que sí sabemos hoy con mayor contundencia que en el pasado, es cuán volátiles son los compromisos de los ciudadanos con los temas objeto de estudio de las encuestas. Así, sin el menor rubor cambian de opinión con algunos días de diferencia entre una encuesta y otra. Cito solo un ejemplo.

Una encuesta de Unimer publicada por el diario La Nación el 4 de octubre del 2007, a propósito del referendo por el TLC, determinó que “las mujeres y los jóvenes, así como las personas con estudios primarios, de ingresos económicos bajos y cuyas edades oscilaban entre los 30 y los 39 años inclinaron la balanza a favor del NO”.

No obstante, estos mismos sectores expresaban, en agosto del 2007, un fuerte respaldo al SÍ. Estos datos van aparejados con la percepción del 31% de la población que consideraba, en setiembre de ese mismo año, que la aprobación del TLC generaría perjuicios. Varios días después (el 4 de octubre), ese mismo porcentaje había aumentado al 38%.

Si a escasos tres días, el NO al TLC aventajaba al SÍ por 12 puntos porcentuales; ¿qué sucedió en ese ínterin para que triunfara el SÍ, por 50 mil votos?

Desde finales de los años 30 y a propósito del programa radiofónico “La guerra de los mundos” (producido y actuado por Orson Welles) que provocó un pánico generalizado en todos los Estados Unidos, H. Cantrill, sociólogo norteamericano demostró la existencia de “pautas de enjuiciamiento”, asociadas a niveles socioeconómico, educativo y de conocimiento del contenido de las informaciones. Su principal hallazgo dice: “Se produce pánico cuando un valor altamente estimado y generalmente aceptado se ve amenazado; y cuando no existe, a la vista, ninguna eliminación de la amenaza. El pánico surge cuando el ego de las personas está profundamente implicado en la situación creada y se sienten en la total incapacidad para aliviar o controlar las consecuencias del hecho”.

Si, como está demostrado por la sociología de la comunicación, los perceptores no reaccionan de inmediato ni como robots a los estímulos provenientes de los medios informativos, el problema que pretende subsanar el TSE no está en las encuestas, sino más bien en el núcleo mismo del tejido social.

Pecaría el TSE de poca rigurosidad, si le endosa a las encuestas una responsabilidad y un poder persuasivo que no tienen en el cambio de actitudes, comportamientos y opiniones de los electores, antes de expresarse en las urnas.

Por lo demás, ¿cómo aplicar el principio básico del derecho de verificación de la prueba, si es imposible demostrar científicamente, relación directa y firme de causalidad-culpabilidad entre una encuesta publicada y la modificación de la intención del voto?

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