LN OPINIÓN

Costa Rica, Lunes 27 de octubre de 2008

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Jorge Mora Alfaro | jmora@flacso.or.cr

¿El fin de Wall Street?

Director de FLACSO-Costa Rica

La crisis del sistema financiero internacional ha dejado turbados a los observadores, acostumbrados a leer los datos de la realidad económica con unos lentes que de repente se les nublaron. La magnitud y celeridad del sismo y sus réplicas, no permiten conectar los esquemas y categorías de análisis habitualmente empleados, con los rápidos movimientos o la volatilidad de los acontecimientos. Como suele suceder ante estas inesperadas sacudidas, las interpretaciones tienden a contraponerse y, en general, resultan insuficientes para dar cuenta de lo acaecido.

La tradición catastrofista encuentra en la fractura de Wall Street , el fin del capitalismo. En un momento en el cual el Estado cumple explícitamente con una de sus funciones esenciales en estas sociedades, cual es garantizar la reproducción del capital, ven en esa intervención una medida socializante. Quienes, desde la otra orilla, hacen del Estado el asiento de todos los males, encuentran, ¡válgame Dios!, que de nuevo falló este. No cumplió bien su función reguladora e impidió controlar a los codiciosos. ¡Es el mismo pensamiento extremo que, en algún momento, decretó el fin de la historia!

Perplejidad. La propia inacción y las débiles argumentaciones en relación a la situación y capacidad de las economías en América Latina para resistir la onda expansiva, reiteradas por algunos actores, no corresponden a la alta integración de las economías en la presente sociedad global. Estas parecieran ser producto de la perplejidad más que del razonamiento sustentado en una correcta lectura de la realidad.

La interdependencia, acentuada característica del mundo actual, permite prever consecuencias no muy halagüeñas para nuestras economías, aunque algún espíritu emprendedor e innovador podrá encontrar, en el quebranto general, alguna oportunidad para hacer buenos negocios.

Con la debida precaución analítica ante una situación que cambia con enorme celeridad, podrían adelantarse unas preguntas: ¿Fallaron las regulaciones y los responsables de su aplicación o, por el contrario, se hundió la creencia en la infalible capacidad autorreguladora y redistribuidora del mercado? ¿Se mantendrá en pie la afirmación de acuerdo a la cual la desregulación de los mercados es una condición indispensable para impulsar el crecimiento de la economía?

¿Tendrá sentido continuar propugnando por un Estado con las manos lo más alejadas posible de la economía? ¿Se mantendrán en vigencia las políticas tendientes a reducir los tributos a las corporaciones, como mecanismos de generación de empleo que extiende de manera casi automática los beneficios hasta los sectores más desfavorecidos?

¿Hacia dónde apuntarán las transformaciones que forzosamente sufrirá el sistema financiero internacional? ¿Con qué tipo de crecimiento se puede obtener un aumento de la producción que permita promover el bienestar en forma significativa y sostenible?

Estado y mercado. La situación vivida en el mundo coloca de nuevo el tema de la relación entre el Estado y el mercado, en el centro de la discusión. Al inicio de la década de los 90, Galbraith exteriorizó un razonamiento mordaz para explicar la predominante actitud de un sector de los estadounidenses hacia los impuestos y el Estado: “Los afortunados pagan, los menos afortunados reciben. Los afortunados tienen voz política; los menos afortunados, no. Sería un improbable ejercicio de caridad que los afortunados reaccionasen calurosamente ante unos gastos que benefician a otros. Por eso se considera al Estado, con todos sus costos, como una carga sin funciones (…). En consecuencia, hay que reducirlo al mínimo, junto con los impuestos que lo sostienen; de lo contrario, se vería coartada la libertad del individuo”.

El modelo de acumulación instaurado a partir de la década de los años 80, se ha agrietado. La automaticidad esperada de un crecimiento sustentado en un mercado libérrimo y un Estado ausente, demostró su vulnerabilidad. Esto no significa, como alguien se aventura a vaticinar, la necesaria vuelta al añorado Estado omnipresente, ni a los modelos altamente intervencionistas del pasado. Sin embargo, sí se han abierto los canales que permiten redefinir el rumbo, pensando en un modelo sostenible y generador de prosperidad, inclusión y cohesión social.

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