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Costa Rica, Domingo 9 de agosto de 2009

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Entre líneas

Armando González R. | agonzalez@nacion.com

La platina no existe

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La platina –resulta superfluo decir cuál– resistió cuatro intentos de arreglo y espera el quinto en actitud desafiante, como metáfora de la perseverancia. La platina es y no es. Como síntesis suprema del ser y la nada, su nombre evoca, al mismo tiempo, la contundente presencia de un artefacto metálico y el sutil vacío debajo de un puente.

El nombre delata la ambigüedad de su existencia. La llamamos platina, pero no lo es. Según la Real Academia, es una pletina, pero así no la llamamos. Solo es platina desde la perspectiva de nuestra radical subjetividad y cabe entonces preguntarnos: ¿existe?

Es real en sus consecuencias, diría con William I. Thomas quien se limite a observar sus efectos aparentes. Pero esa no es la pregunta, cuyo objeto se contrae a la cosa propiamente dicha. ¿Existe la platina?, insisto en homenaje a la perseverancia del fenómeno, o noúmeno, según se mire.

Quienes reflexionan sobre el tema en el Ministerio de Obras Públicas y Transporte se pronuncian por la negación. La platina no existe y tampoco sus consecuencias. Existe el vacío, y la distorsión del tránsito sobre el puente es producto de la insistencia en contemplar la nada. Eppur si muove , contestan con Galileo los viajeros, seguros de la vibrante realidad bajo sus llantas.

La razón la tiene y tendrá el Ministerio mientras sus críticos no logren probar la existencia del fenómeno. Nadie está obligado a lo imposible y es imposible reparar la nada. Las meras percepciones sensoriales, tan engañosas como la palabra platina, no son bases firmes para desplegar una obra de gobierno. Si la platina existiera, ya estaría arreglada. Afirmar la inferioridad del problema frente a los recursos de la técnica moderna no es un ejercicio de fe ciega en la ciencia, propio del positivismo decimonónico, sino enunciar una premisa irrebatible y comprobada por la evolución constructiva de la humanidad, capaz, desde hace siglos, de suspender en el aire las pesadas bóvedas de las catedrales.

Establecida la premisa, es imperativo concluir que los supuestos fracasos prueban la inexistencia del problema. Son un triunfo de la razón por encima de las más pedestres percepciones sensoriales e inclinan la balanza a favor de los pensadores del Ministerio.

Solo queda lamentar la ausencia de esfuerzos para encarar el tema con seriedad. No es para tratarlo con la liviandad de un tal Varguitas , músico popular y sociólogo aficionado con escaso entendimiento del estado de la razón. “¡Ay Karla!, se me cayó la platinita”, dice la cumbia Opus 1 de Varguita s, todavía inédita como obra musical, pero anunciada al mundo por Jorge Vargas Cullel en este diario. Yo le preguntó: ¿cuál platinita?

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