LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 9 de agosto de 2009

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Nacion.com

Página Quince

Rodolfo Cerdas

Ojo Crítico

Politólogo

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La renuncia de ministros y embajadores para integrarse a las campañas electorales, ha sido parte de nuestro folclor. Pero antes esa deserción era inocua, porque los embajadores eran tan irrelevantes e improvisados y los ministros tan politiqueros, que la ausencia de unos no importaba o la sustitución de otros estaba prevista. Hoy es muy distinto. Porque en la globalización y crisis en que estamos, las relaciones externas exigen consistencia y continuidad; y las tareas de gobierno, institucionalización, planificación y rendición de cuentas.

El personalismo de esta administración, adosado a un perjudicial familismo, debilitó más la ya frágil institución de la Presidencia de la República, pese a que fue el propio mandatario quien reclamó respeto para ella.

La verdad es que fue él quien primero contribuyó a socavarla, enviando a los vicepresidentes a un exilio político dorado al comienzo no más de su gobierno.

Luego, calculadamente, los alejó del centro del poder, porque aún se soñaba con la candidatura presidencial del Gran Hermano.

Más tarde, con indiferencia prescindió de ambos: a uno utilizándolo para tapar errores propios y a la otra por cálculos electorales. Por último, subrayó la futilidad de ambos puestos al irse al exterior sin nombrar sustituto; y hasta acercando al país a un peligroso abismo, cuando su cargo quedó librado a quien resultara electo presidente del Legislativo, sin preocuparse del albur que se corría con los cazapuestos de su partido o las posibilidades de elegir, por parte de una oposición más ágil, un candidato propio. Arriesgó, así, la estabilidad y la gobernabilidad.

Es obvio que la Presidencia se concibe de modo personal y subjetivo. Las lágrimas del Presidente al irse sus ministros, revelan no solo un estado de ánimo, sino una visión tal de sus relaciones, que explicaría por qué no llamó a ciertos ministros a rendir cuentas, ni los despidió cuando aún era debido, como a la de Seguridad Pública o al de Trabajo, una que yerra y yerra, y otro que solo yació en el cargo.

Esta concepción presidencial de sus relaciones con los vicepresidentes y sus ministros, familiares o no, es jurídicamente errónea, institucionalmente negativa y políticamente dañina; y explicaría la lenidad para con unos y el amiguismo y familismo para con otros.

Una vez unos parientes de don Ricardo Jiménez llegaron a Limón cargados de baúles. El aduanero le telegrafió, preguntándole si les cobraba o no impuestos por el equipaje a “parientes tan cercanos”.

Don Ricardo contestó: “el Presidente de la República no tiene parientes”.

Las personas lloran, los presidentes no. Estos exigen y cumplen con su pueblo.

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