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Costa Rica, Domingo 9 de agosto de 2009

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Polígono

Fernando Durán Ayanegui | ferduraya@racsa.co.cr

Victimitas

químico

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Al comentarme que se aproxima el “día del niño”, una figurita de cinco años me obliga a cavilar desde ahora sobre los regalos que les daré a esos duendecillos llamados nietos. Va a ser lindo, pienso, pero más tarde, antes de buscar el sueño, leo un par de artículos entresacados de la prensa extranjera y lo que debería ser un buen somnífero me hace pasar la noche casi en blanco: tendría que ser muy inhumano para dormir tranquilo después de enterarme del infierno padecido por cientos de niños encerrados, humillados, torturados y violados en las cárceles militares de Afganistán, Iraq y Guantánamo.

Habrá quienes piensen que desde esta columna se difunde una mentira tejida para desprestigiar a la más perfecta democracia del mundo. Y lo harán de buena fe porque, por el momento, las revelaciones y el debate sobre los vejámenes de este tipo cometidos por los carceleros de las fuerzas armadas estadounidenses se ventilan casi solo en la prensa de Estados Unidos: en el resto del mundo pareciera funcionar la consigna de mantener silencio en torno a lo que, junto a periodistas, activistas de los derechos humanos e, incluso, jueces estadounidenses, ha reconocido y condenado el expresidente Jimmy Carter.

Además de ser imposible detallar el caso en el espacio del que disponemos, sería injusto amargarles a los lectores la placidez de un domingo de agosto con excesivos detalles sobre los horrores que sufrieron (y algunos sufren aún) niños y adolescentes de ambos sexos dentro de las cárceles ilegales de la administración Bush. “En ninguna parte”, escribe Henry H. Giroux, “existe un ejemplo más perturbador, si no horripilante, de la relación entre una cultura de la crueldad y la política de la irresponsabilidad, que en el escandaloso silencio que rodea la tortura de niños bajo la presidencia de George W. Bush y en el fracaso moral y político de una administración Obama que no enfrenta ni rectifica las condiciones que hicieron posible tal cosa”.

Basta saber que, con lo revelado hasta ahora, se puede considerar que, ni juntando a todos los torturadores de las dictaduras sudamericanas de los 70, se contabilizaría igual grado de ensañamiento contra los cuerpos y las almas de tantos niños inermes. Y es inevitable recordar, con vergüenza y amargura, la ocasión en que un presidente costarricense, médico por añadidura, dio a entender que para él la vida de los niños árabes era moneda devaluada frente a la de los demás niños del mundo. ¿Quién les explicará esto, cuando sean adultos, a los niños ticos a quienes festejaremos dentro de algunos días? Muchasgrá sias .

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