LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 9 de agosto de 2009

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Nacion.com

Eduardo Ulibarri

Un hemisferio de siglas

 Latinoamérica parece haber renunciado a un sistema de diplomacia multilateral

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TAMAÑO

Mañana se celebrará, en Quito, una reunión presidencial de la Comunidad Sudamericana de Naciones (Unasur), coincidente con la segunda toma de posesión de Rafael Correa. El gran ausente será Colombia.

El 29 de junio, al día siguiente de que el presidente Manuel Zelaya fuera expulsado de Honduras, coincidieron en Managua la prevista cumbre ordinaria de la Sistema de Integración Centroamericana (SICA) y sendas reuniones de emergencia del Grupo de Río y la Alianza Bolivariana de las Américas (Alba). Casi de inmediato, la Organización de Estados Americanos (OEA) entró en acción. Al amparo de la Carta Democrática Interamericana, suspendió del organismo al gobierno de facto hondureño.

En noviembre se celebrará en Estoril, Portugal, la XIX Cumbre Iberoamericana.

Añadamos a este elenco de organismos, la Comunidad del Caribe (Caricom), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Comunidad Andina de Naciones (CAN), el Mercosur, el Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (SELA), el Grupo de Tuxtla-Gutiérrez y las Cumbres de las Américas, y el resultado será una impresionante legión de nombres y siglas.

Complejo andamiaje. Su existencia refleja una red de traslapos, redundancias y discrepancias, que ha hecho cada vez más torpe y complejo el andamiaje de la diplomacia en el continente.

El fenómeno es relativamente reciente, pero cada vez más notorio. La OEA, creada en 1948 como heredera de la Unión Internacional de Repúblicas Americanas, es el organismo regional más antiguo del mundo. Por una década, reinó sola en el hemisferio, con funciones políticas, económicas, sociales y culturales. Sin embargo, una justa y creciente preocupación por el desarrollo, produjo un “destape” de nuevas organizaciones, en parte inspiradas por ella.

El Caricom surgió en 1958, como primer esfuerzo integracionista. Un año después lo hizo el BID. En 1960, el Protocolo de Managua dio vida al Mercado Común Centroamericano, del que proceden el SICA y otras organizaciones del istmo. El Pacto Andino, antecedente de la CAN, se creó en 1969. El SELA fue un reflejo tardío de esta corriente desarrollista, generalmente ligada al intervencionismo estatal y la sustitución de importaciones, que ya hacía aguas al momento de su creación, en 1975.

La década de 1970, y buena parte de la siguiente, fueron de aguda crisis para América Latina, con un impacto demoledor en la mayoría de los países.

Uno de sus pocos resultados positivos fue la renovación de los esquemas y organizaciones integracionistas existentes hasta entonces, con un sentido de mayor apertura.

Ola política. Pero, de forma casi simultánea, surgió otra oleada de instituciones, más políticas que económicas, que no parece tener fin. Su principal orientación ha sido atemperar o desafiar la influencia de Estados Unidos, o dar mayor protagonismo a otros países. El Grupo de Río apareció en 1986, como un “mecanismo permanente de consulta y concertación política de América Latina”. Constituido por Argentina, Brasil, Colombia, México, Panamá, Perú, Uruguay y Venezuela, actualmente lo integran todos los países latinoamericanos

El Mercosur, con vocación tanto económica como política, surgió en 1991 y, hasta ahora, lo componen sus cuatro socios originales: Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay.

Ese mismo año fue la primera reunión del Grupo de Tuxtla-Gutiérrez, constituido por México para proyectarse hacia Centroamérica. Su más reciente encuentro presidencial, con Colombia ya incorporada, se realizó hace pocos días en Costa Rica. Y también en 1991 nacieron, en Guadalajara, las Cumbres Iberoamericanas, impulsadas por España como parte de su diplomacia trasatlántica.

En el 2003 adquirieron carácter permanente, con la creación de la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), en Madrid.

En 1994, con el respaldo de la OEA, Bill Clinton convocó a la primera Cumbre de las Américas, en Miami, con todos los países democráticos del hemisferio. Su principal propósito fue crear otro foco de influencia e impulsar –sin éxito– la Alianza de Libre Comercio de las Américas (Alca). Hasta el momento, se han celebrado cinco; la última, con Obama superstar , en Trinidad y Tobago.

La Unasur y el Alba aparecieron en diciembre del 2004. La primera, fuertemente impulsada por el musculoso Brasil, fue descrita como un “modelo de integración” sudamericano, que incorporara las experiencias de la CAN, el Mercosur y Caricom. Una de sus mayores innovaciones fue la creación del Consejo de Defensa Sudamericano, el año pasado.

El Alba es un claro proyecto ideológico, constituido por Cuba y Venezuela, al que luego se incorporaron Bolivia, Dominica, Ecuador, Honduras, Nicaragua, y San Vicente y las Granadinas.

Poca coherencia. Tan enorme cantidad de organizaciones revela, entre otras cosas, la falta de coherencia en las estructuras diplomáticas hemisféricas, así como la multiplicidad de intereses y aspiraciones, a menudo contrapuestos, que impulsan diversos países o conjuntos de ellos.

El problema no es tanto la inflación de siglas y nombres; tampoco, la heterogeneidad de objetivos. Lo verdaderamente serio es que, lejos de constituir un sistema funcional, la mayoría de esas organizaciones o grupos se mueven como piezas desarticuladas y, con frecuencia, pugnaces . Así, cuando surgen desafíos de verdadera trascendencia continental, no se activa un todo armónico, sino un engranaje torpe y lento.

El abordaje inicial de la crisis hondureña, con la actuación superpuesta de la OEA, el Alba, el Grupo de Río, el SICA y hasta el Mercosur, evidencia el grado de disfuncionalidad a que puede conducir esta situación.

Mientras tal realidad se mantenga, Latinoamérica no podrá poner en marcha un verdadero sistema de diplomacia multilateral. Hasta ahora, no hay señales de mejoría.

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