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Costa Rica, Lunes 10 de agosto de 2009

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Página Quince

Rodolfo Saborío | rodolfo@saborio.com

Supremacía constitucional

Abogado

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Algo muy positivo debe haber pasado en Latinoamérica en los últimos veinte años para que las dos partes del reciente conflicto hondureño clamen a los cuatro vientos que son los defensores de la Constitución. Un gran avance si se compara con los llamados a la salvaguardia de los valores occidentales con que se cometieron vergonzosas atrocidades no hace tantos años.

No basta bajar de Internet el texto de la Constitución hondureña para siquiera acercarse a comprender el complejo trasfondo social y político que llevó a la lamentable situación actual. Es más, como objeto de análisis, estamos ante un fenómeno cambiante, del cual solo se puede afirmar que definitivamente no es un problema jurídico y, como es obvio, no se resolverá citando artículos de la Carta Política de esa nación.

Nuevo constitucionalismo. No entraremos a pontificar sobre una situación que escapa a nuestra comprensión, pero sí parece oportuno destacar el papel adquirido en estos rumbos por el principio de supremacía constitucional, aunque sea en un nivel muy rudimentario. Ni el más rematado esquizofrénico ni el demagogo más delirante, como en el caso que ya todos conocemos, desea presentarse ante la comunidad internacional como irrespetuoso de la Constitución.

Es más, dentro del discurso político que impregna el populismo bolivariano en boga, la invocación de la Constitución como instrumento de legitimación, es una de las herramientas más utilizadas, al punto que no se considera culminado el proceso de apropiación del poder hasta tanto no se promulgue un nuevo texto fundamental, redactado a la medida de las necesidades.

El primer rasgo de este nuevo constitucionalismo bolivariano consiste en que una vez obtenido el poder, hay que conservarlo indefinidamente, pues representa la culminación de un largo proceso que permitió llegar a un punto de iluminación y sabiduría tan profunda, que es impensable dar vuelta atrás. En todos los casos, cuando se acerca el final del período de gobierno, debe revisarse, preferiblemente mediante una asamblea constituyente, el modelo agotado anterior, para sustituirlo por una nueva carta de inspiración bolivariana, que permita al gran líder continuar en el poder para siempre, o hasta que el respirador artificial falle.

El segundo rasgo de ese nuevo constitucionalismo consiste en aplicar la supremacía constitucional a todos los demás, pero no a los caudillos de la nueva era, que pueden anular elecciones, cerrar medios de comunicación, financiar ilegalmente campañas políticas en otros países, efectuar expropiaciones abruptas e ilegales, perseguir a los disidentes y cometer todo tipo de tropelías necesarias para llevar adelante un proyecto que nadie conoce a ciencia cierta y no ha encontrado una expresión intelectual, ni la encontrará, porque está basado en la inspiración y la improvisación iluminada. De allí al decisionismo que tan nefastos resultados dejó en la primera mitad del siglo XX no hay mucha separación.

Incomprensible. En este contexto resulta inexplicable la reacción de la tan venida a menos burocracia interamericana, callada en forma cómplice ante todas las violaciones constitucionales en que constantemente incurren los integrantes de la banda bolivariana, pero que de la noche a la mañana descubre un empuje y una razón para justificar su existencia, dejando de lado toda señal de coherencia.

No podemos olvidar tampoco que Costa Rica no puede presentarse internacionalmente como un modelo de respeto pleno al principio de supremacía constitucional, ya que, como hemos señalado en diversos comentarios a lo largo de los últimos meses, son numerosos los casos en que nuestra Carta Política ha sido pisoteada por los poderes establecidos.

Lo que no debemos dejar de destacar es que al menos hoy en día todos desean subirse al tren de la constitucionalidad. La mala noticia es que el concepto se encuentra en proceso de marcada devaluación sin que parezca que en el futuro cercano habrá mejoras al respecto, en Latinoamérica o en nuestro país.

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