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Costa Rica, Lunes 24 de agosto de 2009

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Página Quince

Rodolfo Saborío Valverde | rodolfo@saborio.com

Trenes y espejismos

 ¿Cuándo se les pedirá cuentas a quienes cerraron el servicio del tren?

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Cuando se analizaba el cierre del servicio de trenes durante la Administración 1994-98, un alto funcionario me relataba, entre emocionado y desbordado de admiración, la genial idea que había tenido el ahora ciudadano español que ocupaba la Presidencia. El brillante plan consistía en asfaltar los durmientes del ferrocarril, lo cual permitiría contar en un santiamén con una autopista que cruzaría el país de lado a lado, algo así como un canal seco salido de una caja de cereal. Lo más lamentable no era que quien contaba la historia fuera una persona que en condiciones normales podría considerarse como inteligente, sino observar el nivel de ocurrencias con que se tomaban decisiones vitales para el futuro del país.

Por supuesto que luego del cierre vino la venta a precio de chatarra de las locomotoras y la rapiña oficial fue emulada por los pobladores que pudieron apropiarse de las franjas de terreno por donde alguna vez circuló el tren. Lo anterior palidece ante el hecho de que lo que se cerró fue el tren, pero no la institución, y durante más de diez años se siguió pagando una planilla que no daba servicio público alguno.

La maravillosa autopista. ¿Y la maravillosa autopista que se haría de la noche a la mañana? Me imagino la cara de sorpresa cuando alguien trató de explicarles a los ocurrentes gobernantes que los puentes de los trenes no pueden ser expandidos a dos carriles con solo apretar un botón, ni que las pendientes y los espacios por donde circulan estos tienen características completamente diferentes a los principios que se aplican a las carreteras. Lo que sí sucedió de la noche a la mañana fue que unas carreteras diseñadas para una carga de circulación de hace cincuenta años, pasaron a ser ocupadas por flotillas interminables de furgones, con absoluto irrespeto por la integridad física de los ocupantes de los automóviles. El deterioro de la red vial en un país, en donde la palabra “mantenimiento” está prohibida, no se hizo esperar y las consecuencias están a la vista. Sin duda alguna, las pérdidas sociales que asumió el país fueron considerablemente mayores a no haber cerrado el tren, por culpa de un fiscalismo simplista cuyo costo seguimos pagando día a día con carreteras colapsadas.

Si se volviera a aplicar dicho simplismo, probablemente hoy resultaría más rentable pagarle un taxi a cada pasajero del tren que asumir un presupuesto anual de dos mil ochocientos millones de colones; esto, sin tomar en cuenta los mil quinientos millones de colones que implicó la adquisición de cuatro locomotoras de segunda. Está claro que lo que debe valorarse es el costo social y no se trata de una simple operación aritmética.

Furgones homicidas. La alternativa no es, por supuesto, volver a cerrar el servicio, sino ponerlo a funcionar de verdad, iniciando por restablecer el servicio de carga con los puertos, para disminuir el fuerte impacto que sufrieron las carreteras tras la eliminación del tren y pensar en planes integrales de movilización de pasajeros, sin importar que su funcionamiento siga siendo deficitario. El costo-beneficio social de sacar de las carreteras los furgones homicidas sería por sí solo suficiente para justificar la continuidad del tren, sin que sea menospreciable el impacto en el mantenimiento de las carreteras y la economía de tiempo de quienes decidan desplazarse por ferrocarril.

Lo que queda por definir es cuándo se exigirá cuentas a los funcionarios que ordenaron el cierre del servicio de tren y se cuantificará el costo de una de las mayores irresponsabilidades en el manejo de los asuntos públicos de que se tenga noticia. Probablemente, muchos de ellos sigan apareciendo en la primera fila de la interminable lista de funcionarios precedidos por fracasos y malas decisiones, pero que no dejan de aspirar a una curul o a un puesto oficial.

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