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Costa Rica, Lunes 31 de agosto de 2009

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Página Quince

Rodolfo Saborío | rodolfo@saborio.com

Reforma inaplazable

 La Constitución debe tener pleno imperio sobre los titulares temporales de los órganos públicos

Abogado

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Los recientes fallos de la “Cuarta Sala”, decidiendo la integración de algunas comisiones legislativas, son la muestra más reciente de la absoluta pérdida de autoridad en lo que solía ser el Primer Poder de la República.

A pesar de seguir siendo los destinatarios de uno y otro ejemplo del desborde de atribuciones de ese órgano, los padres de la patria pierden tiempo en discusiones y rebatiñas sobre a cuál tendencia del partido oficialista le corresponde designar al próximo magistrado, cuando lo que debería estar sobre la mesa de discusión es una inmediata revisión del papel institucional, jurídico y político de dicho órgano. Y lo que no pasa de ser un remedo de oposición, le hace el juego al perverso sistema de designación y se conforma con obtener volátiles promesas de múltiples aspirantes.

Modelo defectuoso. El modelo que se implantó en 1989 nació atrofiado y apenas un año luego de estar en vigencia ya el Colegio de Abogados de ese entonces, que gozaba de amplio respeto nacional, integró una comisión de expertos que rindió el 19 de setiembre de 1991 un dictamen de reforma completa de la Ley de esa jurisdicción, orientado a subsanar las importantes deficiencias que la improvisada y precipitada versión final de la ley original contenía.

Las contradicciones y vacíos del texto que aún sigue vigente, no dejó más alternativa a quienes integramos esa Comisión que proponer una sustitución completa, la cual se plasmó en dos alternativas ligeramente diferentes en esa oportunidad.

Tanto esas iniciativas como todo otro intento de corregir los defectos de la ley original no han tenido una feliz conclusión, ya que en los procesos de elaboración y discusión se han inmiscuido directamente los funcionarios que están llamados a respetar y guiarse por esa normativa, lo cual, además de inapropiado, es otro síntoma de como los diferentes integrantes de ese órgano desde su creación se han atribuido funciones de oráculo y se han designado como los únicos con capacidad de definir su propia regulación.

Asimismo, resulta totalmente injustificable que a un paso de cumplirse veinte años de múltiples ejemplos de choques institucionales y de colisión de competencias, intensificado en los últimos tiempos con una casi total sustitución de las autoridades públicas originarias, por parte de un órgano derivado y sin legitimación directa alguna, quienes tienen a su cargo la adopción de tales correcciones necesarias, estén enfrascados en un regateo de puestos.

No deberían sentir ninguna presión de plazo los actuales diputados para el nombramiento de las plazas vacantes de propietario y suplentes de la Cuarta Sala, más bien deben colocar en primer plano la urgente obligación de corregir el entuerto que se empezó a gestar hace veinte años y que hoy en día se ha salido completamente de control.

Cuando un órgano se desboca y se autoexime del sometimiento a la norma escrita, y se le permite que tenga el control absoluto sobre el resto de poderes establecidos, se desdibujan los perfiles elementales de lo que debe ser un Estado Social y Democrático de Derecho.

Reorganización. En pocas palabras, debe restablecerse el pleno imperio de la Constitución Política sobre los titulares temporales de los órganos públicos y restituirse el ejercicio del gobierno soberano a los poderes que dicha Carta Fundamental establece con precisión; de lo contrario, continuaremos por un camino que, poco a poco, nos llevará a la más absoluta ingobernabilidad.

La solución no es sencilla; no obstante, se encuentra al alcance de la mano si se asume la responsabilidad de reconocer el problema y de adoptar los pasos que sean necesarios.

En ese sentido, que quienes constantemente se quejan de los quebrantos institucionales de la “Cuarta Sala” y ahora tienen un poder de veto que les permite negociar reglas claras y precisas para la reorganización de ese órgano, que no se lamenten, en el futuro, si no saben asumir su responsabilidad ahora.

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