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Costa Rica, Domingo 27 de diciembre de 2009

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entre líneas

Armando González R. | agonzalez@nacion.com

Santa existe

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Santa existe, Lucía, y también los Reyes Magos. Son tan ciertos como el recuerdo arraigado en ti para siempre ahora que la duda comienza a trocarse en certeza. Te lo digo por experiencia: si no fueran reales, yo no sentiría nostalgia por mis Navidades de infancia, no tan abundantes como las tuyas, pero ninguna olvidada.

Empiezo a sentir lo mismo por tus diez primeras Nochebuenas, ajetreadas por un tropel de renos empeñados en no perturbarte el sueño. Llevo dos años atrincherado en los sentimientos más tiernos para defender la ilusión reno por reno. Enfrente, un ejército de compañeritos de escuela y algún adulto indiscreto.

Llegó el momento de entregar la plaza, pero te propongo replegarnos hacia el recuerdo. Allí, Lucía, todo será siempre cierto. Al abandonar el campo, recojamos túnicas, coronas, campanitas y trineos. Alguna utilidad tendrán con el paso de los años.

Luchaste a mi lado y haría mal en no reconocerte el mérito. Tu imaginación venció las dudas hasta el último instante. Abogaste por Melchor, Gaspar y Baltasar frente a tus compañeros de juego. No fue tiempo perdido. Mira la edad que tengo y sigo abogando por ellos.

La inquieta picardía de tus once años resta sentido al ritual de dejar comida para reyes y camellos. Ahorrémonos, si quieres, el gesto, pero nunca olvides que eras tú la razón de esos afanes y los de las horas siguientes, cuando la torpeza de las bestias creaba en la sala un estudiado reguero.

Boronas de galletas, platos volcados y montoncillos desperdigados de hierba daban fe de la visita esperada desde los primeros vientos de diciembre. Tantos años pasaron y los camellos nunca aprendieron a beber el agua sin desparramarla por el suelo.

Días antes, las cartas habían desaparecido del árbol y te invadía la incertidumbre de cuántos deseos infantiles serían satisfechos. Repasabas tus travesuras para calibrar el grado de merecimiento, porque la Navidad es generosa con los niños buenos.

La mañana del 25, y también la del 6 de enero, la realidad se te presentaba hecha juguete. Mi regalo era tu risa y la alegría desbordada con cada descubrimiento: una muñeca detrás de las persianas, un juego de cocina entre las ollas verdaderas. ¿Quién dice que en aquello nada hubiera de cierto? Para contradecirlos tenemos el recuerdo y nadie recuerda lo que no ha sido cuando menos en un sueño.

Pero bien, debía llegar este momento. Has tenido buena escuela y apenas te alcanzará el tiempo para poblar la mente de nuevos ideales y proyectos, todos tuyos y ciertos. Quizá era yo, hija, el artífice de aquellos primeros sueños.

Saca tú las conclusiones, porque yo no confieso.

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