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Costa Rica, Jueves 31 de diciembre de 2009

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BUENOS DÍAS

Armando Mayorga | amayorga@nacion.com

Abuso policial

jefe de información

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TAMAÑO

El abuso policial también desfiló en el tope del sábado en San José; y, así, no solo los animales dieron espectáculo, sino los mismos policías que demostraron cuán fácil es lanzar golpes y patadas a diestra y siniestra.

Yo estaba frente al Teatro Nacional y, en cuestión de dos horas, vi el “show” que hicieron los oficiales contra tres hombres, cada uno por separado, a los que golpearon y detuvieron.

La primera víctima fue un muchacho que evidentemente tomaba licor en la acera, junto a un grupo de amigos o parientes, mientras observaba el desfile de los animales del tope.

Tres policías se le acercaron y algo le preguntaron, ante lo cual el muchacho cometió el error de sacarles el dedo mayor o cordial... Esta incordialidad le costó varios manotazos.

Una mujer intentó frenar a los “agentes del orden”, pero la pusieron en “orden” y se llevaron casi a rastras al “infractor”.

A los pocos metros, al otro lado de la calle, el muchacho dejó perdida una esclava en el suelo. Un pobre hombre osó recogerla y parar a los policías para entregársela al detenido, pero por ello fue apaleado y, como respondió al “ataque” de manos, también fue detenido.

El tercero en la lista de agredidos fue un caballista embriagado por el tope. Los policías “lo hicieron bajado” del animal, y, como se atrevió a reclamar un porqué, también se llevó puños y patadas. Ah, obviamente, fue detenido.

¿De dónde eran esos envalentonados policías? Su uniforme era azul, y bien podían confundirse con oficiales de la Fuerza Pública o de la Policía Municipal. Para suerte de las víctimas, esos agentes no portaban armas de fuego porque de seguro las habrían empuñado.

Acá hay varios problemas: uno, deformación policial; dos, falta de planeamiento; tres, ausencia de jefes; cuatro, un total quebranto de la ley.

La deformación policial se da porque esos agentes nunca entendieron a qué iban y porque sus jefes tampoco se tomaron el tiempo para explicárselo: iban al tope con decenas de borrachos a caballo y a pie. Antes que imponer el orden por la fuerza, debían dialogar, negociar, convencer, lo que nunca hicieron.

Ese operativo debió planearse, debió coordinarse, pero los jefes lanzaron a los policías a la calle como si fueran bestias. Los primeros responsables, entonces, son esos jefes que ni siquiera se preocuparon por saber cómo actúan sus subalternos.

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