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Costa Rica, Jueves 31 de diciembre de 2009

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Guillermo Brenes | gmobrs@hotmail.com

Centenario de la muerte de Rafael Ángel Troyo

 Rafael Ángel Troyo dejó una producción literaria que apenas empieza a ser valorada

Profesor

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Rafael Ángel Troyo Pacheco (1875–1910) poseía una acomodada posición social, amante de las letras, el arte y la música, bohemio y trotamundos. De larga cabellera, noble aspecto y elegantemente vestido, con una gran flor en la solapa, siempre quiso hacer de la vida una “cosa bella”.

Cartago modeló su espíritu romántico y soñador. La “Vieja Metrópoli”, a los pies del volcán Irazú, rememorada por el literato Ernesto Ortega como “…fría y brumosa…de casas a la usanza española, con ventanales de rejas, de verjas de hierro, hermosos jardines en sus interiores, espaciosos aposentos y corredores amplios y frescos…”.

Sus habitantes, según relata Mario Sancho Jiménez en sus Memorias, “…aun aquellos que tenían fortuna, vivían casi todos con mucha modestia y sencillez. En lo único que gastaban algunos era en las cosas de la Iglesia”. Excepto, los Troyo: Rafael Ángel, Juan de Dios, Rogelio y Lydia, quienes a finales del siglo XIX y los inicios del XX, llenaron la vida social de la pequeña y conventual Cartago, con su distinción, sensibilidad, cuantiosa fortuna y mundana frivolidad.

Extravagante. Rafael Ángel realizó sus primeros estudios en las escuelas de Cartago y luego en el Colegio de San Luis Gonzaga, donde fue aventajado discípulo de los jesuitas Nicolás Cáceres y Luis Javier España. Su dorada posición económica, le permitió viajar por Estados Unidos y Europa.

Ya instalado definitivamente en Cartago, paseaba –todas las tardes—en un finísimo caballo importado del Perú. Acostumbraba asistir a las representaciones escénicas del Teatro Nacional, donde fraternizaba y convidaba a la selecta sociedad costarricense a fiestas y veladas lírico – literarias.

Su “Chalet”, obra del arquitecto Francesco Tenca y decorado por Paolo Serra, era visitado por políticos, músicos, bohemios y artistas. En otras ocasiones, se reunían el la plácida finca La Troya , donde resaltaba la decoración chinesca y los bosques de bambú. Memorable fue su Champagne Literario , profuso en caviar, bebidas espirituosas, discursos ligeros, música y poesía.

La teatralidad, el derroche y la extravagancia de esta fiesta, celebrada a altas horas de la noche, provocó el escándalo y las habladurías de los “tranquilos” y “morigerados” cartagineses. Su cuantiosa fortuna vino muy a menos, cuenta don Gonzalo Chacón Trejos, “…debido en gran parte a su generosidad alucinada, como lo prueba la tradición”.

Muerte trágica. Troyo murió trágicamente, víctima de una enorme viga desprendida de una de las altas torres neogóticas de la Iglesia de María Auxiliadora, a la que había entrado para escuchar un coro de niños huérfanos, cuando sobrevino el terremoto del 4 de mayo de 1910: el terremoto de Santa Mónica. Tenía 35 años.

Le sobrevivieron su esposa, doña Lydia Jurado Acosta y sus tres vástagos: René, Virginia y Luz Argentina. El vacío que dejó Troyo, afirmaron sus amigos, los colmó “de honda pesadumbre y de inmenso dolor”. Sus restos descansan eternamente en un mausoleo del Cementerio General de Cartago.

Prosista, músico y poeta. Rafael Ángel dejó una producción literaria que apenas empieza a ser valorada y dada a conocer al gran público, aunque durante su vida editó varias obras: Terracotas (1900), Ortos, Estados del Alma (1906), Corazón Joven (1904), Poemas del Alma (1906), y Topacios (1907).

Los temas de sus obras literarias son representativos de la estética modernista y cosmopolita que se refugiaba en mundos lejanos o imaginarios: las glácidas nieves del norte, los blancos azahares, los lirios, los ojos azules, los palacios iluminados, las mariposas, el pavo real multicolor y la música de vals.

En cuanto al ámbito musical, Troyo compuso piezas sentimentales como: Mi Princesita , Día de Bodas , Marcha Triunfal y Los Cascabeles . Sabía tocar el piano y la guitarra con gran habilidad, reconocida en los salones elegantes y de “buen tono”. Dirigió varias revistas literarias, como Pinceladas , Revista Nueva y La Musa Americana .

A los cien años de la muerte de Rafael Ángel Troyo, su singular vida y obra esperan una justa revalorización, como uno de los personajes más excelsos de la cultura costarricense (y cartaginesa también), en el ya lejano período de tránsito del siglo XIX al XX.

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