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Costa Rica, Viernes 27 de febrero de 2009

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Claudio Gutiérrez | gutierre@UDel.Edu

Por qué escribo Internet con mayúscula

Filósofo

Mi buen amigo y compañero de esta página, Víctor Valembois, ha criticado a quienes escribimos Internet con mayúscula, tildándonos de beatificadores. No voy a defenderme de ese cargo escudándome en el Diccionario panispánico de dudas de la RAE que aptamente lo consigna así, dedicando a ello media columna de razones. Lo voy a hacer más bien subrayando la naturaleza misma de esta red, probablemente la creación cultural más importante del siglo XX. Sostengo que debe ponerse con mayúscula porque es el nombre tradicional de una ciudad, la ciudad por excelencia del siglo XXI: Telépolis, así rebautizada en un fino análisis por el filósofo vasco Javier Echeverría.

Telépolis (ciudad a distancia) es la nueva forma de interacción social surgida en la segunda mitad del siglo XX, comenzando con la televisión y culminando con la generalización de Internet. Echeverría piensa que las modificaciones a la producción, el trabajo, el comercio, el dinero, la escritura, la identidad personal, la política y la ciencia, que ha traído esa revolución de las comunicaciones, pueden ser pensadas fructuosamente en términos de urbanismo. Desde 1997 endosé públicamente ese fecundo punto de vista.

Por oposición a los Estados, determinados por el territorio sobre el que ejercen su jurisdicción, Telépolis desborda las fronteras geográficas y políticas. Su estructura no es la de un recinto, sino la de una red que vincula puntos geográficamente dispersos, unidos solo por la tecnología. Según este enfoque y en inversión copernicana, la superficie del planeta constituiría la bóveda de la ciudad, estando sus cimientos colgados del espacio exterior con los satélites de comunicaciones. Las tecnologías informáticas, audiovisuales, y de telecomunicaciones serían comparables a las industrias que impulsaron el crecimiento de las metrópolis del siglo XIX: acero, petró1eo, ferrocarriles, y barcos de vapor.

Vida virtual. Las semejanzas entre la ciudad real y la ciudad virtual son múltiples. Como en las calles de las ciudades ordinarias, mucha gente se pasea por Internet para divertirse. Hay quienes se detienen ante el sex shop; otros se aglomeran y discuten en el ágora; no faltan quienes van de compras o retiran dinero de un banco. Otros visitan universidades, iglesias, museos, o bibliotecas. Desde que los periódicos y revistas han dado en instalarse en la web, muchos ojeamos la prensa en el telequiosco (yo el NY Times y La Nación, a las cuatro de la mañana). Los jóvenes son particularmente adeptos a circular por la telecalle mayor, como siempre sucedió en las ciudades y ahora sucede en los malls. Y como no podían faltar, están también las telecasas, sitios donde los escritores ponen sus libros y artículos (yo desde 1996); los pintores, sus cuadros; los científicos, sus últimos hallazgos, o los simples ciudadanos su currículum vítae, los retratos de su cónyuge e hijos, la lista de sus hobbies o el recuento de cómo pasaron sus últimas vacaciones (el telepolita tiende a ser exhibicionista). Como en las ciudades tradicionales, en Telépolis uno puede salir a buscar todo lo que desea. En vez de bus o metro, usa para ello alguno de los buscadores automáticos, mucho más rápidos que el ferrocarril.

La mayor promesa de Internet, que todavía no se ha empezado a explotar, es la inigualable oportunidad de resucitar el ambiente político de la ciudad-estado griega. Telépolis presenta al mundo contem- poráneo la posibilidad muy real de volver a vivir, tal vez a escala global, el régimen de gobierno directo –no simplemente representativo– inventado por los atenienses varios siglos antes de Cristo. De corazón espero que mis cercanos descendientes puedan llegar a vivirlo, saltándose a la torera la arbitrariedad, la ignorancia y la corruptibilidad proverbiales de los políticos.

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