LN OPINIÓN

Costa Rica, Viernes 27 de febrero de 2009

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Rosario Fernández | rfernandezv@racsa.co.cr

Los derechos de los otros son los nuestros

 Reconocer los derechos de parejas homosexuales es extender la dignidad sobre la colectividad

Abogada

A raíz de la propuesta de reformar la ley civil, para otorgar algunos derechos a quienes han optado por relaciones de pareja homosexual, ha surgido la propuesta de un referendo, evidentemente propulsado por quienes esperan que la población, que en su mayoría se dice heterosexual, y creyentes de algún culto religioso descalificador de aquella forma de vida, se pronuncie en contra del reconocimiento de esos derechos a los “otros”.

Sin examinar la constitucionalidad de este instrumento para resolver el punto dicho, ni lo relativo al abuso de un derecho, nos preguntamos si es razonable que las mayorías les restrinjan derechos de los que por otra parte estas sí gozan, a las minorías. La historia está llena de prácticas injustas establecidas por las supuestas mayorías, o, más bien, por los grupos de poder dominantes (piénsese no más en la esclavitud, en la restricción de los derechos de las mujeres y de diversos grupos étnicos) para cuyos cambios ha sido necesario no solo el pensamiento de alguien capaz de ver mas allá de su nariz, sino también la lucha de muchas personas contra la irracionalidad, la discriminación y el sufrimiento ajeno, a fin de lograr leyes conformes con los derechos humanos, que se adecuen al respeto a la dignidad consustancial a todas las personas.

Difícil progreso. Actualmente existe cierto consenso respecto a que la ley que abolió la esclavitud, la que reconoció el derecho de votar a las mujeres, permitió el divorcio a las parejas casadas y prohibió la tortura en los procesos judiciales, entre muchas otras, son leyes que constituyen un avance en ese respeto a la dignidad de todos los seres humanos.

Pese a ello, muchos se opusieron a su promulgación pues las leyes preexistentes se ajustaban a sus “valores o intereses”. ¿Sería razonable que se hubiera hecho un referendo sobre ello? Espero que el lector responda que no; de lo contrario, le preguntaría: ¿por qué quiénes no eran esclavos, ni se les prohibió votar, ni preveían que podrían ser torturados, y tampoco querían divorciarse (por no estar casados, oponerse su religión, o estar felices con su relación de pareja), podrían decidir que los “otros” siguieran siendo esclavos, no pudieran votar, no pudieran divorciarse, y fueran torturados en prisión? ¿En qué afecta el reconocimiento del derecho a la libertad del esclavo, al que es libre, y no busca esclavizar a otro; en qué menoscaba el voto femenino los derechos de los varones, si estos no pretenden el dominio sobre la mujer; en qué incide el derecho a divorciarse en la persona que no desea hacerlo; y cómo podría afectar la prohibición de tortura, a quien no quiere ser verdugo ni inquisidor? Pienso que en nada se afecta, que lejos de perder, todos ganamos, que los derechos de los otros son los nuestros.

Dignidad y felicidad. El reconocimiento de la autonomía y la libertad de las personas, inmerso en los derechos en general, no implican despojo de derechos para algunas, sino el aumento de estos para todas, al extender el dominio de la dignidad humana sobre la colectividad, incluyendo a quienes se muestran “diferentes”, “minoritarios” o “sin poder”.

Con ello se disminuye la infelicidad y el sufrimiento inútil, y nos acercamos a la realización de los principios constitucionales de igualdad y no discriminación, o al más popular y genérico del “amor a tu prójimo”, que impedirían el dominio de unas personas sobre otras, aunque estas sean, piensen o se relacionen de una manera diferente.

Lo dicho es de aplicación al reconocimiento de los derechos civiles a las parejas homosexuales. A menos que pretendamos imponer el predominio de la concepción heterosexual de convivencia, sea por razones de tradición, morales, religiosas o por librar del “pecado” a las personas homosexuales, no existe afectación alguna a la sociedad con el reconocimiento de la existencia de las parejas del mismo sexo y de sus derechos; al contrario, con ello ganaríamos todos al ser una colectividad menos injusta y más feliz.

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