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Costa Rica, Jueves 5 de marzo de 2009

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Enrique Vargas | endama@racsa.co.cr

Historia de un niño abandonado

 Como Pichelito Vargas, a todos nos vendría bien cultivar la esperanzade una vida mejor

Abogado

Observaba unas hormigas y unas avispas. Viajaban presurosas al hormiguero y a su panal. Eran su punto de referencia constante, tal como lo tenemos los hombres. Veía lo impresionante de su pequeña vida. Ya lo decía el poeta José Hierro, Premio Cervantes: “…después de todo, nadie sabe / qué es lo pequeño y qué lo enorme; / …pequeño puede ser un monte, / el universo y el amor”.

Estaba en eso cuando, de improviso, llegaron dos personas: mi nieta María Fernanda, de cuatro años, y alguien más.

Pichelito Vargas. Pregunté a ella por el sobrenombre de esa otra persona. Lo llamaban Pichel . Lo dulcificó y le puso mi apellido. Me dijo: “¡Se llama Pichelito Vargas!” Entonces encontré oportuno contar parte de su azarosa historia personal. Hela aquí: sus padres se divorciaron, y el papá se quedó con los cuatro hijos del matrimonio. Era chofer de un autobús y tomaba mucho licor. Se hizo de otra mujer y con ella procreó dos hijos. Como los cuatro primeros buscaban la casa de su madre, aquí comienza la tragedia. Enfurecido, el padre iba por ellos y se los traía a “tajonazos”.

Ante aquella furia y sobre todo por el dolor de los golpes, el niño de esta historia se ponía a temblar de solo ver a su padre y salía corriendo. No siempre lograba escapar. A veces llegaba por ellos en horas de la noche, cansado de manejar durante todo el día. Cuando la madrastra les negaba la comida, se abalanzaban sobre los desperdicios que les echaba a los perros.

Desesperado y sin rumbo, lleno de miedo y de tristeza, sintiéndose nadie, maltratado física y psicológicamente por aquel padre tan duro, y sin saber adónde ir, huyó de aquella casa-cárcel y se fue para San José. Tenía nueve años.

Siempre buscó comida en los basureros y en las bodegas de banano del Mercado Borbón. Dormía en los quicios y en los corredores de las casas. Era muy pequeño para pensar en el dolor de su madre. Ella murió de cáncer, y ahora él piensa en su dolor por haberse escapado. Octogenaria, la conocí postrada en una cama de hospital. Sus ojos aún vivaces estaban bañados de tristeza.

Lejos de la estación de camiones de su padre (así no lo encontraría), siguió en la capital pasando hambre y frío, sucio y haciendo las necesidades en cualquier parte, solo y triste. La tragedia le comió su infancia, y la desmembración de la familia prosiguió: otro hermano suyo huyó de Guácimo de Limón.

Pichelito también anduvo por Quepos y por Kilómetro 81, en la zona sur; regresó a San José y le “jalaba” el carretón a un vendedor de verduras. En cierta ocasión, el vendedor se emborrachó y se quedó dormido a la puerta de una cantina. El niño vendió la verdura, dejó el carretón tirado, compró ropa nueva y tomó el tren de Puntarenas.

Le gustó la idea de “vivir” junto al mar. Comía –cuenta– en el restaurante Montecarlo, pero las sobras de los platos. Al tiempo lo recogió la policía y lo internaron en el Hogar Montserrat de fray Casiano de Madrid. Allí estuvo cinco años y aprendió muchas cosas, incluida la fe católica, que nunca perdió. No adquirió vicios ni otras malas costumbres.

Reencuentro. Las oraciones y las lágrimas de su madre lograron el milagro de su regreso, ya adolescente. Al abrir la puerta de la casa, ella lo cubrió de besos, como el hijo pródigo del Evangelio, y encontró trabajo en una fábrica de papas tostadas en Alajuela. Un tiempo después, también encontró a una esposa ejemplar, con quien tuvo tres hijos, todas personas de bien.

En su casa recibía al padre de los “tajonazos”, a quien le profesó cariño. Así se lo enseñó su madre. Para Eric Fromm, la madre le enseña al hijo a amar y a ser amado, y el padre el sentido del deber y de justicia. Su padre murió. Durante los últimos años de su vida fue presa de una demencia senil y ya no encontraba la casa de su hijo; se perdía.

Pichelito Vargas, hoy, vive feliz y en paz. Nunca guardó rencor en su corazón. La suya es la historia de muchos niños desamparados por sus padres, y de padres sin formación, incapaces de tomar decisiones con la cabeza y el corazón, inclinados a los vicios y sin un mayor sentido de la vida. Hay medios para frenar el avance de este cuarto mundo , el del subdesarrollo moral. Tal vez en el país se intensifique la tarea de formar personas junto a leer y escribir.

Como Pichelito Vargas, a todos nos vendría bien la decisión y el esfuerzo de cultivar la esperanza de una vida mejor, el deseo de ser felices y de vivir en paz.

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