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Costa Rica, Martes 24 de marzo de 2009

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Página Quince

Rodolfo Saborío | rodolfo@saborio.com

Obras sin fin

 ¿Qué sucede en Costa Rica que es imposible concluir una obra pública de importancia?

Abogado

Cada vez que se debe pasar por la penosa experiencia de trasladarse por carretera a Guanacaste, no puede menos que evocarse la candidez o el cinismo con que cada Gobierno anuncia con bombos y platillos la pronta conclusión de algunas obras públicas iniciadas desde hace varias décadas.

El presente Gobierno no es la excepción y llegamos prácticamente al final de otro período, a pesar del interminable cacareo, con un balance de obra muy poco alentador: un puente sin río y un estadio menos.

Obras inconclusas. ¿Qué sucede en Costa Rica que es imposible concluir una obra pública de importancia? El caso más impresionante es el de la denominada Carretera Costanera, que fue iniciada hace más de veinticinco años, luego de una autorización de contratación directa por parte de la Contraloría General de la República. En mucho menos del tiempo transcurrido entre el inicio de esa carretera y la actualidad, se ha logrado unir Inglaterra con la Europa continental por medio de un túnel bajo el lecho marino, el tren de alta velocidad ha unido a las principales ciudades de España, se ha instalado la estación espacial internacional, y en nuestro país ha sido imposible concluir una simple carretera en terreno mayoritariamente plano.

La condición de la infraestructura vial, aeroportuaria y portuaria es deplorable y coloca al país en condiciones de desventaja competitiva y desmejora la calidad de vida, sin que se vislumbren en el futuro cercano obras concretas. No pasamos de los planes vistosos y factibilizados, viabilizados, consensuados y prefinanciados. Hace un tiempo una jerarca del sector anunciaba con gran algarabía que sus megaproyectos ya tenían los recursos “alocados”. No sabemos si los recursos a que se refería ya recobraron la cordura, lo que sí es cierto es que las obras no se ven por ninguna parte y cada día es más tangible la situación de colapso de las carreteras nacionales.

Un espejismo. La participación de la empresa privada en la concesión de obra pública ha demostrado ser un interminable quebradero de cabeza, en donde la principal ventaja, el aporte de recursos frescos del exterior, no ha pasado de ser un espejismo. Muy pronto tendremos peajes sin carreteras como hemos estado pagando impuestos de salida sin aeropuerto por los últimos cinco años. Con la concesión hemos obtenido, en lugar de obras, una vulnerabilidad jurídica sin precedentes, al punto que se ha llegado a una situación en que los funcionarios públicos prefieren no asumir sus responsabilidades y optan por postergar las decisiones, aumentando los costos finales.

Ni la ejecución directa ni la concesión dan resultados, lo cual hace pensar que en realidad quienes han estado fallando son los administradores y los encargados del control. En esta interminable tragicomedia el que siempre termina pagando la función es el contribuyente, y de vuelta a escuchar de nuevo las promesas de los aspirantes a ser nuestros futuros gobernantes.

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