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Julio Rodríguez |
El Gobierno de Venezuela (Hugo Chávez y los suyos) ha dado un paso más: ha proclamado “El credo chavista”. El Credo, cuya estructura fundamental es tripartita (el Padre, Dios creador; el Hijo, con su doble naturaleza inseparable e inconfusa, quien se encarnó, sufrió, murió y resucitó, y el Espíritu Santo, Dios, como el Padre y el Hijo) es expresión infalible de la enseñanza de la Iglesia Católica y, en esta síntesis, de todos los cristianos.
En la instalación, el miércoles pasado, del Congreso Nacional de Alfabetización Misión Robinson II, en el Coliseo El Limón, del municipio Mario Briceño Iragorry del estado Aragua, se dio a conocer la versión del credo chavista o credo socialista del siglo XXI entre aplausos y cánticos. Nadie, por supuesto, protestó, pero lo más significativo fue que los cortesanos chavistas, silenciosos al principio, soltaron sus amarras emotivas y sus aprensiones cuando Chávez esbozó una sonrisa de satisfacción. Bastó una mueca-sonrisa y el Gobierno venezolano anunció el gran salto.
El problema de las personas como Chávez y el de muchos otros en la historia, es que el ansia de poder no se sacia, pues siempre el líder o el detentador de este tipo de poder quiere más. Siempre más. Siempre más. Y como el ser humano es limitado, este proceso, este envenenamiento progresivo, lleva inevitablemente no hacia su consumación o satisfacción plena, sino hacia la autodestrucción. Seres finitos, con hambre y sed de infinito: he aquí nuestro drama, que solo lo infinito y Absoluto, no lo histórico, puede llenar. Diversas dimensiones del ser humano, como la fe, el amor y el arte son un trasunto espléndido de este apetito.
Cuando se escucha o se observa esta versión chavista del Credo, esto es, Hugo Chávez hecho Cristo Jesús, se palpa la degradación personal del presidente de Venezuela y la de sus allegados y servidores, al mismo tiempo que la inconsciencia de la trampa mortal en que han caído, que, a este paso, se resolverá en tragedia. Nada más rentable a corto plazo que el mercadeo de lo sagrado, sea la dignidad del ser humano, sea la divinidad, pero, a la vez, nada más trágico. Bien lo saben los corruptores de la niñez, los gobiernos totalitarios o la tiranía del relativismo.
La deificación ha sido siempre una pretensión humana: la de los animales, la del faraón o del emperador, la del becerro de oro, la de la torre de Babel, la del poder político, económico o militar; la del fundamentalismo teocrático, la de la ideología, la del partido. Por primera vez, en la América cristiana, como en la Alemania nazi, un gobernante instaura la democracia de la adoración. ¿El principio del fin? Sí, pero, ¿a qué precio?
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