LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 29 de noviembre de 2009

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Paul Woodbridge

Mora y Bonnefil

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TAMAÑO

Quien visite las recién remodeladas casonas de los comandantes del Cuartel Bella Vista, hoy Museo Nacional, podrá admirar en uno de los cuartos que pretende ser una recreación de una sala del siglo XIX, el cuadro de una mujer amatronada , de tez cobriza, que, según la ficha, es el retrato de Feliciana Quirós de Bonnefil. Pocas personas saben quién fue.

Porque yo sí conozco algo sobre la historia de esta familia que no está en la ficha museográfica, voy a narrar algo relacionado con ella: Feliciana, más conocida por Mamachón , fue pintada por Aquiles Bigot, pintor francés que vino a Costa Rica en el siglo XIX; ella fue esposa de Juan Jacobo Bonnefil, adinerado comerciante en vinos, de nacionalidad francesa, y cónsul de Francia, radicado en la ciudad de Puntarenas.

¿Quién fue? ¿Quién fue Juan Jacobo Bonnefil y por qué se ganó un puesto en la Historia deCosta Rica?

En primer lugar, él hizo posible que los restos de Juan Rafael Mora y del General Cañas no fueran tirados al mar después de su fusilamiento para ser alimento de los tiburones como se proponían algunos soldados y la turba que observó aquel hecho infausto; él, haciendo uso de su autoridad moral, valientemente se enfrentó con quienes no contentos con fusilar a los vencidos, querían hacer desaparecer su restos.

Acompañado de sus yernos, envolvió los restos de nuestros héroes con la bandera francesa y les dio sepultura en el Cementerio al otro lado del estero.

Salvoconducto. Otro hecho que vale la pena mencionar es que Bonnefil había sido expulsado por Mora después de terminada la Compaña del 56, pues se le acusaba por supuestas injurias en una carta que el primero envió a don Gregorío Juárez, ministro de Relaciones Exteriores de Nicaragua. Cuando el juez estaba por fallar, Mora, violentando el ordenamiento jurídico, pasó por encima de la división de Poderes y ordenó su expulsión del país; en vano Bonnefil elevó una denuncia ante el Poder Legislativo y la Corte Suprema.

A los meses, don Joaquín Bernardo Calvo, ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno de Costa Rica, le extendió un salvoconducto para que volviera al país con la promesa de pagarle las daños y perjuicios ocasionados con la expulsión.

Este hecho no lo menciono en forma gratuita, sino que tiene relación con los acontecimientos que se dieron después del desembarque de Mora en Puntarenas en l860.

Dieciocho años. Cuando Mora fue vencido por las fuerzas del gobierno de Montealegre, buscó en vano asilo en el Consulado inglés; Bonnefil le prometió asilo y sacarlo, en un tonel de vino, en un barco de su propiedad que salía al día siguiente hacia Burdeos; Mora se rehusó y fue fusilado un 30 de setiembre de l860. Tal vez Mora sintiera temor de que Bonnefil guardara rencor, pero, la verdad, este no tenía ese sentimiento en lo más mínimo. Todo lo contrario, pues como hemos dicho anteriormente, él los enterró, cuidó siempre de esas tumbas y el 20 de mayo de l876 exhumó los cadáveres y guardó sus cenizas primero en su casa de Puntarenas y luego en la de San José en capilla ardiente, por más de dieciocho años, en espera de que algún gobierno hiciera justo reconocimiento a los héroes del 56. Y como esto no se dio, entregó las cenizas a las respectivas familias que les dieron sepultura en el Cementerio General.

Agradecimiento. Siempre existió agradecimiento de las familias de Mora y de Cañas hacia Don Juan Jacobo. Veamos algunos de los conceptos que doña Inés Aguilar, esposa de Mora, expresa el 23 de junio de l866 en una misiva: “reciba pues lo único que un corazón leal y generoso como el suyo puede admitir: la expresión de profunda gratitud de su afectísima y S.S. le desea toda felicidad. Inés Aguilar de Mora.” y como P.S. añade: “Como una confirmación me atrevo a acompañar a esta un mechero que sirvió y llevó consigo hasta los últimos momentos mi infortunado esposo señor Juan Rafael Mora”.

En una bodega. Lo que he descrito lo sé no solo por lo que he investigado, sino por lo que supe por tradición oral; por ello es que como descendiente de don Juan Jacobo y doña Feliciana, me opongo a que el retrato de ella sea hoy adorno de las salas de los comandantes. El retrato de Don Juan Jacobo y el de sus dos hijos María Josefa y Juan de Dios Bonnefil Quirós, en lugar de estar deteriorándose en una bodega del Museo Nacional en Pavas, cumpliendo así lo que dije que sucedería (veáse, “El aporte histórico de Juan Jacobo Bonnefil” La Nación , Ancora l2/l2/l978) deben, junto con el de su esposa, ocupar un lugar importante en el Museo Nacional, con una ficha museográfica completa. Eso fue lo que seguro quiso mi familia al donar esos cuadros al Museo Nacional. Si no fuera posible por falta de espacio, que los dé en préstamo, si lo permite la ley, al Museo Histórico Juan Santamaría, para hacer conocer quién fue Bonnefil y su relación con la conservación de los restos de Mora y Cañas. Esto será especialmente importante que se hiciera el año entrante en que se cumplirá el ciento cincuenta aniversario de sus muertes.

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