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Costa Rica, Lunes 12 de octubre de 2009

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Julio Rodríguez | envela@nacion.com

En Vela

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¿Podrá salvarse el Partido Unidad Social Cristiana (PUSC)? La respuesta no es solo política, sino, también, teológica. “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Es una de las tantas sentencias de uno de los más grandes genios de la humanidad y, además, experto en humanidad: San Agustín.

Esta sentencia es aplicable a toda actividad humana pues se trata de la cuestión suprema: la relación entre la verdad y la libertad. “Yo quiero”, como se ha dicho, significa “yo elijo”, “yo me esfuerzo”, “yo consiento”(yo me comprometo). Se trata, en suma, de la cuestión moral, pues la cuestión moral comienza con la libertad y solo cuando hay libertad. Como estas son cuestiones básicas del cristianismo, me imagino que si un partido se llama socialcristiano, sus dirigentes deben conocer los principios del cristianismo y, además, practicarlos.

También deben saber que el único pecado que no tiene perdón es el pecado contra el Espíritu Santo, consistente en cerrar la mente y el corazón a la acción de Dios, por falta de arrepentimiento, pues sin arrepentimiento no hay perdón. También en el Derecho Penal si el imputado no reconoce su culpa y no se arrepiente, no disfruta de determinados beneficios. Constituye, entonces, una aberración moral (anticristiana) invocar públicamente el nombre de Dios, como garante de una buena conducta, si los hechos, confirmados en una sentencia, más allá de toda duda, proclaman la culpabilidad y el culpable no manifiesta el menor sentimiento de culpa y de arrepentimiento.

Volvamos al PUSC. En la sección de los fundamentos de la sentencia en el juicio CCSS-Fischel se lee: “Todo lo anterior fue posible porque parte de una cúpula de un partido político importante de este país se organizó en puestos ejecutivos estratégicos para que las condiciones se dieran para el recibo de comisiones”. Pese a la gravedad de esta afirmación, el líder, que no ha mostrado arrepentimiento, propone como candidato presidencial al presidente del PUSC y encargado de su “imagen” en el juicio. Esta confusión planificada de conceptos y de valores (humanos, políticos y “cristianos”) no tiene parangón en nuestra historia política.

Cabe, pues, repetir la pregunta: ¿tiene salvación el PUSC si nadie quiere salvarlo; si, tras la condena judicial, continúa como propiedad de una persona, incluida su asamblea; si no existe un código de ética interno vigente y si, además, perdió su naturaleza de partido al servicio del país para ser presa de una cúpula? La respuesta es clara. Está inscrita en nuestras normas constitucionales, políticas y cristianas. No es cálculo o mercadeo de votos, de cocientes y subcocientes. Hoy, el PUSC está a cargo de un grupo de sepultureros.

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