LN OPINIÓN

Costa Rica, Lunes 12 de octubre de 2009

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Enrique Castillo | jecastillob@gmail.com

Encuentro de dos mundos

 Ahora somos los americanos quienes estamos en busca de un Nuevo Mundo

Embajador de Costa Rica en la OEA

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Casi nunca se rememora, al celebrar el 12 de octubre, que el Descubrimiento de América ocurrió en pleno Renacimiento, a finales del siglo XV. No existía aún el Estado Moderno como forma de organización económica-política. Era un mundo de pequeños reinos como la Génova que sirvió de cuna a Cristóbal Colón, donde florecían las artes y las ciencias, en el que la técnica alcanzaba uno de sus mejores campos de cultivo en la navegación; época en que, habiendo puesto el Renacimiento al Hombre como centro del Universo, el apetito de los placeres y los goces estimulaba el comercio internacional y el manejo germinal de las finanzas y la banca.

En ese contexto, las condiciones objetivas para el Descubrimiento estaban dadas: la conveniencia de nuevas rutas comerciales y mercados, el desarrollo de la ingeniería naval, la noción de cómo financiar y organizar una gran empresa. Solo faltaban la visión comercial y la voluntad política.

Y por eso España tomó la delantera: contó con la ayuda de un visionario como Colón, dispuesto a correr todos los riesgos para probar su hipótesis de la redondez de la Tierra, motivado por la ambición de encontrar una nueva ruta a la India; contó con la Reina Isabel la Católica que tuvo la capacidad de comprender y compartir ese sueño y que tuvo, además y sobre todo, la audacia de lanzar esa aventura con la fuerza de su poder político.

Por eso España dio el paso: porque tuvo visión y arrojo. Y fue premiada con descubrir algo más que una ruta nueva hacia una vieja región. Colón se tropezó con un nuevo mundo. Pero decirlo a la inversa es también correcto: lo que hoy llamamos América descubrió, al mismo tiempo, al resto del mundo.

La primera globalización. Porque lo que ocurrió no fue únicamente el descubrimiento de un nuevo continente y poner en contacto a españoles e indígenas. Fue, de golpe, la primera gran globalización. Pronto, no solo los españoles recorrerían mares y océanos entre América y España: los franceses echaron sus barcos en Honfleur y otros lugares para ir a Canadá, a Guyana Francesa, a San Martín, a Guadalupe, a Haití; los ingleses a varias islas del Caribe, a Belice y a América del Norte; los holandeses a Aruba, Curazao, San Martín y Surinam; los portugueses a Brasil.

El Atlántico se convirtió en un inmenso lugar de paso.

Pero fue España la que abrió las rutas y lideró el encuentro de culturas.

Ese encuentro, como sabemos todos, no fue pacífico. Fue, como había sido siempre desde la Prehistoria, como lo ha seguido siendo en la Historia y como aún lo sigue siendo con frecuencia en el presente cada vez que dos culturas distintas entran en contacto, un pulso de dominación.

No tiene caso, sin embargo, hacer reproches hoy por algo que era la usanza en aquel contexto y que corresponde en mucho a la naturaleza de la especie humana, tanto que hasta los pobladores originarios de nuestro continente también solían practicarla como resultado de sus conflictos, aunque hoy sabemos que el Derecho Internacional, el Derecho de los Derechos Humanos y el multilateralismo, tal y como lo practicamos en organizaciones como la OEA, nos hacen redimibles de esa inclinación.

Lo que cuenta en la actualidad es que esa dominación terminó formalmente para todos con las declaraciones de independencia respecto de los distintos centros colonizadores, en algunos países pacíficamente como fue en los de América Central y en muchos del Caribe, y en otros a costa de sangre y muerte como fue en la mayoría de los demás.

El legado. Ha quedado, en cambio, un enorme legado cultural y lingüístico. Y, todavía más importante, ha quedado nuestra vinculación al mundo; no solo a Europa, donde tenemos hoy a España como un gran amigo y aliado, portavoz de nuestros intereses, sino a toda la Tierra.

Pero también ha quedado todavía una modalidad de dominación –que prueba la persistencia de este mal en la especie humana– y no es otra que la dominación interna: la desigualdad social –que corre por cuenta nuestra, que es nuestra responsabilidad de naciones independientes– y cuya solución no hemos logrado hallar.

Quisiera que la celebración de esta fecha nos haga pensar que ahora somos los americanos –ya no los españoles, ya no los europeos– quienes estamos en busca de un Nuevo Mundo y que lo encontraremos otra vez en América, pero dentro de las fronteras de cada uno de nuestros países, cuando hayamos desechado la fuerza y la inequidad y las hayamos sustituido por la justicia social y la solidaridad.

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