LN OPINIÓN

Costa Rica, Lunes 12 de octubre de 2009

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Págna Quince

Rodolfo Saborío | rodolfo@saborio.com

Los primeros cincuenta

Abogado

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Mi entorno más cercano, sin contar el familiar, incluyendo desde la infancia hasta la universidad, ha pasado los últimos meses celebrando la llegada del medio siglo de vida. Aunque voy quedando entre los últimos que todavía opone alguna resistencia al calendario, no queda más remedio que entregarse a la mezcla de sentimientos que implica asumir que se ha llegado a la mitad de la vida. Somos a esta altura del camino la suma de nuestros errores y aciertos, y en mi caso, no me queda más que reconocer que algunos de mis errores han sido realmente remarcables y para probarlo me sobran testigos presenciales, que, por suerte, no dejan de hacer inventario de mis metidas de pata con la insoportable frecuencia que solo se les permite a los amigos.

Afortunadamente, la mayoría de las personas desarrollamos mecanismos de asimilación que nos hacen enfocarnos más en los retos que tenemos por delante que en la cadena compleja de decisiones que hemos tomado durante nuestra vida. Ya lo dijo el gran poeta: “no te juzgues sin tiempo”, de modo que no podemos hacer abstracción de las circunstancias que han rodeado nuestros aciertos y nuestras equivocaciones.

Ser consecuentes. De las cosas más destacables de esta breve mirada hacia atrás, es la forma en que nos marca para siempre hasta lo que podría haber parecido la más irrelevante decisión. Si hay alguna coherencia que se le podría exigir a alguien, sería que actúe en cada momento de acuerdo con lo que piensa y considera que es lo correcto, que ya habrá tiempo luego de analizar las cosas desde ángulos diferentes, llegar a otras conclusiones, actuar de otra manera y, gran maravilla, seguir siendo coherentes. Es la versión laica del empate entre pecar y rezar, lo cual no hace a unos menos santos ni a otros menos coherentes. La vida está compuesta de infinidad de capítulos y en la mayoría de los casos nos toca participar en la obra sin tener mayor influencia sobre el libreto. Las oportunidades para marcar la diferencia aparecen efímeras y aprovecharlas depende, en la mayoría de las ocasiones, de haber tenido la determinación y la capacidad de reacción en el momento adecuado. Lleva alguna razón quien dijo que si hubiera que arrepentirse de algo, sería de lo que no se hizo y no de lo que se hizo. Esta licencia para lanzarse sin paracaídas me ha permitido disfrutar de los momentos más gratificantes de mi vida, que hacen irrelevantes los yerros y las malas decisiones. Si alguna cosa vale la pena aprender cuanto antes, es que no existen verdades absolutas ni en lo intelectual ni en lo espiritual, mucho menos en lo ideológico.

Cuántos disgustos habríamos ahorrado con más tolerancia y menos empecinamiento, nunca lo podremos saber, pero si algo hace falta en estos tiempos es comprender que cada vez nos alejamos más de las respuestas inequívocas. Si no nos preparamos para un mundo cada vez más diverso e incierto, probablemente en lugar de avanzar, la humanidad entrará en un ciclo de retroceso con consecuencias impredecibles. Ya hay signos de ese proceso de deterioro, en el mundo y en nuestro país.

Si llegar a los cincuenta fuera una vacuna contra seguir cometiendo errores, estaría muy tranquilo, pero sabemos que no es así, y en el mejor de los casos, a lo que podemos aspirar es a mantener el balance positivo entre lo que dejamos y lo que tomamos, causando el menor daño posible. No deja de ser un alivio que ya no provoque tanta preocupación que las cosas no caminen al ritmo que se quiere, ni que cada día se vuelva más frecuente que se nos olvide todo tipo de detalles que, a la larga, descubrimos no eran tan importantes. Si los segundos cincuentas se nos presentan como una versión más reposada de los primeros, no queda más que preparar las alforjas para un largo viaje y disponerse a recibir con optimismo lo que nos toque de esa ronda.

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