LN OPINIÓN

Costa Rica, Jueves 15 de octubre de 2009

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Jorge Vargas Cullell | jovargas@nacion.co.cr.

Enfoque

Politólogo

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Si la cantidad de muchachas que se declaran de profesión “modelo” fuera indicador de algo, Varguitas debiera concluir que en este país la industria de la alta costura vive tiempos espectaculares. De acuerdo con un conteo por ahí, hay como 500 modelos y contando –un ramillete de Keylynnes, Melissas y Yahaira Vanessas. La verdad es que Versace y Salvatore Ferragamo no están en nada: ¿para qué van a París o Milán si la fuente inagotable de modelos se halla en San José y la meca entre Escazú y Santa Ana?

Cero crisis y recesión en la alta moda tica. A modelos que se multiplican como cuilos, se agrega una tropa de mánagers, estilistas de nombre evocador y periodistas faranduleros. Son como una tercera parte de nuestra fuerza laboral joven, incluyendo a cirujanos plásticos y “empresarios” que fungen de novios. Y, seguro que por anticiparse a tiempos difíciles, las modelos ticas son polivalentes: casi todas parecen tener un máster en periodismo televisivo. ¿Por qué lo digo? Hay una conexión natural indisputable entre ser modelo y la dificilísima profesión de conductora de TV, una que requiere formular comentarios certeros, tales como: “¿Qué vacilón, verdad?” Además, tenemos una cincuentena de universidades, la mayoría graduando másters cada cinco minutos: si cualquiera puede ser máster en algo, una modelo también.

Varguitas a veces duda: “y si la industria de alta costura no fuera tan floreciente, ¿cómo se mantiene esta frondosa profesión? ¿Y el mundillo que sisea alrededor? ¿Cómo hacen los mánagers para encontrar tanta pasarela? ¿Dónde está la cosmopolita ciudad y el culto público para nuestras criollas Naomis Campbells y Gisselles Bündchen? ¿Será que “el mercado” señala para muchas jóvenes el modelaje como la vía rápida para el progreso personal?” Como lo carcome la cochina envidia, cizañoso pregunta: “¿cómo hacen todas para andar con carro nuevo?”

El punto no es, sin embargo, jugar de detective con las Yahaira Vanessas. Son adultas y tienen cédula. Más útil es invertir el espejo y preguntarnos: ¿qué clase de sociedad es esta, de la que sí somos responsables, donde la apariencia –con o sin siliconas– cuenta más que el trabajo duro? ¿Qué clase de sociedad es esta donde niñas piden implantes y padres se los dan como regalo de cumpleaños? Me temo que es una sociedad venal y banal, muy a la altura de tanta celebridad que zanganea por ahí y de los “decentes”, que también andan por ahí. Una sociedad que, apariencias mediante, luego se ahoga en santidad, denunciando que le quieren robar a Dios cuando alguien plantea terminar con el Estado confesional.

Una divina tragicomedia.

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