LN OPINIÓN

Costa Rica, Lunes 26 de octubre de 2009

/OPINIÓN

Eliseo Valverde

Obesidad en Costa Rica

 La familia y la escuela deben desempeñar un papel fundamental en prevenir la obesidad

Médico

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En pocos años, se notan más personas gordas por nuestras calles pero, justificado, pues en ese tiempo, en las familias se preparan menos alimentos, no se cumplen horarios de comida y en la mayoría de los casos, la gente va tan acelerada que hasta desayunan en sus propios carros mientras se trasladan al trabajo. ¿Y qué desayunan? Si no son alimentos mal preparados, hechos a la carrera, repletos de manteca o en el mejor de los casos, aquellos ya procesados, que al abrirlos dejan las manos grasosas y llenas de sal. Pero, una fruta, verduras, legumbres o cereales de buena calidad, eso no, jamás, pues no hay tiempo. Consecuencias: la obesidad.

La obesidad es una enfermedad crónica originada por muchas causas y con numerosas complicaciones. No distingue edad, ni sexo ni ninguna clase de nivel social ni económico y mucho menos, que una persona es gordita. Ser gordo, es estar en la plenitud de la salud. Pero, todo lo contrario, un gordo está expuesto a padecimientos del corazón, de la piel, del aparato digestivo, de los huesos y con el tiempo, resultan diabéticos, con cáncer y con la presión elevada.

Es importante que las personas se enteren de cuál debe ser su peso normal, de acuerdo con su estatura. Si empiezan a tener excesos, deben frenar las comidas “chatarras”, hacer más ejercicio, apartarse de malos hábitos, como el alcohol, procurar dormir mejor y cambiar la dieta en la familia. Casi siempre, en una pareja, cuando uno engorda, al otro le sucede igual y así sucesivamente, con los hijos.

Epidemia mundial. En 1998, la Organización Mundial de la Salud (OMS) consideró que la obesidad es una epidemia mundial y que constituye un importante problema de salud pública en países desarrollados y en vías de desarrollo.

Las causas principales de la gordura están relacionados con los cambios ambientales, pero quizá lo más importante, son los estilos de vida que las personas estamos llevando. Se hacen alimentos rápidos, mal procesados, no balanceados (en proteínas y minerales), no se hace ejercicio, se ingiere gran cantidad de bebidas alcohólicas, se descansa mal y la vida es cada vez más agitada.

En obesidad, como nos podemos dar cuenta, ya no existe una base genética como única causa. Antes se decía: “En nuestra familia hay tendencia a la gordura por papá”. Lo que sí es cierto, es que el aumento del nivel de vida en los países desarrollados y, nosotros no nos apartamos de ello, ha conllevado a una mayor disponibilidad de nutrientes y de los medios para adquirirlos, pero, además, se han notificado los hábitos de conducta de las personas que han reducido su actividad física.

La ingesta excesiva de energía y el sedentarismo se consideran los principales desencadenantes en obesidad y, en consecuencia, la prevención del sobrepeso y la gordura deben basarse en las modificaciones que en este aspecto hacemos.

Bueno, pero preocupémonos de los niños y los adolescentes también, en los que las tasas de incremento de la enfermedad son superiores a los de los adultos. Basta con llegar a una escuela de cualquier nivel socioeconómico y contar, no con los dedos, sino ya con ábaco, cuantos niños son gorditos. Entonces, podríamos preguntarnos: ¿Cuál es el presupuesto de nuestras autoridades en salud destinado para corregir esta enfermedad?.. Imagino, es muy limitado.

La obesidad en la infancia y la adolescencia es un síndrome con demostradas implicaciones físicas, psíquicas y sociales. Se ha constatado que los niños obesos presentan mayor riesgo de ser adultos gordos. Hasta un 20% de los niños antes del desarrollo y hasta un 80% de los adolescentes obesos, se convierten en adultos obesos.

Esto es lo que afirma que la prevención de la obesidad es una estrategia prioritaria de salud pública, que debe comenzar desde la infancia y que, por supuesto, requiere la participación activa y comprometida de médicos y en especial, pediatras, con la familia y los educadores. En mis años de escuela, recuerdo que tres veces a la semana teníamos educación física. Primero, hacíamos 20 minutos de ejercicios al aire libre, luego, 10 minutos corriendo alrededor de la escuela y finalmente, 20 minutos de futbol en la plaza adjunta. Hoy, todo ha cambiado bastante, pues los hábitos alimentarios y de actividad física están fuertemente arraigados a nivel individual y es difícil modificarlos. Es, por tanto, crucial intentar capacitar a los niños desde pequeños. En esta tarea deben estar implicados las familias y el medio escolar, reforzados con cambios ambientales y comunitarios. Los adultos, igualmente, deben cambiar si es que desean una mejor salud.

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