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Costa Rica, Miércoles 23 de septiembre de 2009

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Julio Rodríguez | envela@nacion.co.cr

En Vela

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En 1953 fueron condenados injustamente tres hombres, dos ticos y un nicaragüense, por la violación y el asesinato de una pareja de novios en Colima de Tibás. Enrique Benavides, abogado y periodista, esculpió para la historia aquellos hechos en su obra El crimen de Colima. Un error judicial , un clásico de la investigación criminal y periodística, como la calificó Eduardo Ulibarri, periodista y catedrático universitario, en una conferencia en el Centro Cultural de España, el 25 de octubre del 2007.

Aquel crimen conmovió hasta las entrañas al pueblo de Costa Rica. Hace más de 50 años. A partir de entonces, los crímenes se han acumulado en los juzgados, la prensa y en la memoria de los costarricenses. El primero ocurrió, por cierto, según el relato bíblico, en la aurora de la humanidad y en el seno de la primera familia, apenas salida de las manos de Dios. Caín mató a Abel y, cuando Dios le pidió cuentas al homicida, este contestó: “¿Acaso soy yo el custodio de mi hermano?” Ahí nació el tiquismo: “Mmmm'porta mí”. “En el hombre existe mala levadura”, cantó Rubén Darío.

La mala levadura, en el orden delictivo, ha venido fermentando el cuerpo y el alma nacional. Del crimen de Colima a hoy, hemos poblado de cadáveres varios cementerios. Este es un dato estadístico. Pero, hay algo peor: el volumen ha corrido parejo con la perversidad criminal contra hombres, mujeres y niños, y de todos contra todos. Es una guerra por capítulos, sin contar el desfiladero mortal de las carreteras. Pero, hay algo peor aún: estamos ingresando en el círculo infernal de la indiferencia. Dicen que el hombre es un animal de costumbres. Son tantas las noticias diarias sobre el señorío de la muerte, que seguimos con miedo, pero estamos perdiendo la capacidad de asombro, la que creó la Filosofía, allá por Grecia, y la que, al desaparecer del ámbito vital del horror, nos deshumaniza. ¿El nihilismo?

El padre que durmió, el domingo en la noche, con sus dos hijos, de siete y tres años, les introdujo, al día siguiente en la tarde, el cañón de un revólver en la boca y los mató, para luego suicidarse, como venganza contra su excompañera, es la centuplicación del crimen de Colima. ¿Cuántos asesinatos de este tipo en estos años contra niños o mujeres? Y ¿cuántos asesinatos por comisión, para “probar como sabe matar” o para despojar a alguien de cualquier fruslería?

El nuestro no es un problema de paz, sino de vida. Estamos perdiendo, a tambor batiente, el sentido de la vida en su doble acepción: el porqué de vivir y el respeto a la vida (la propia y la de los demás). ¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿Hacia dónde vamos? Tres preguntas vitales.

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