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Costa Rica, Miércoles 20 de enero de 2010

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Buenos Días

Víctor Hugo Murillo S. | vhmurillo@nacion.com

Reinventar Haití

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El terremoto que devastó a Haití, hace una semana, pone a la comunidad internacional de frente a un desafío extraordinario e inédito.

A diferencia de otros desastres naturales, cuando la tarea se centra en socorrer las necesidades más apremiantes de los damnificados y, luego, proveer de respaldo económico para hacer frente a otras, como la reconstrucción, el desastre en la parte oeste de La Española exigirá un esfuerzo mucho mayor.

Y es que en Haití hay que empezar de cero, pues de lo muy poco que había no quedó nada.

Un terremoto no es bienvenido en ningún lado, pero en ese país es donde menos debió ocurrir, dadas las paupérrimas condiciones sociales, económicas y políticas imperantes allí.

Prácticamente, no existe un Estado nacional y este vacío se ha puesto de relieve ahora, en medio de la desgracia; la pobre infraestructura casi desapareció, por lo cual una de las tareas más urgentes será hacer la nueva, más que reconstruirla.

La economía haitiana, basada principalmente en servicios y agricultura de subsistencia y exportación, no tiene ninguna capacidad para dar soporte al país que hay que levantar (en el 2008 las exportaciones no llegaron ni a $500 millones).

En el campo social está todo por hacer. Basta señalar que el 47% de la población padece desnutrición crónica y que el país ocupa el lugar 146 –entre 177 estados– en el ranquin del Índice de Desarrollo Humano elaborado por la ONU.

De nada servirá la asistencia paliativa inmediata; urge dotar a Haití de condiciones que hagan viable la supervivencia en condiciones humanas y dignas.

Europa, arrasada por la Segunda Guerra Mundial, necesitó el respaldo millonario de Estados Unidos, por medio del Plan Marshall, para volver a ponerse en pie. Había razones de índole humanitario y geopolítico que lo exigían.

En la nación caribeña el panorama es peor. No hay siquiera experiencia acumulada para emprender la acometida.

El país, intervenido, invadido y coaccionado en el pasado por Francia y Estados Unidos, merece ahora otro tipo de injerencia foránea, cuya punta de lanza debe ser la solidaridad, en aras de lograr estabilidad, seguridad y bienestar.

Contribuir a que Haití sea viable y posible es un desafío que debe adoptarse con carácter humano, ético, político e inclusive estratégico.

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