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Costa Rica, Lunes 8 de febrero de 2010

/DEPORTES

La columna de Barraza

Dos campeones ‘invictus’

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Buenos Aires

“No entiendo cómo alguien que pasó 27 años preso en una celda de dos por dos puede perdonar a quienes lo metieron allí”, se pregunta François Pienaar. Se olvidó de agregar, al final, “injustamente”. Pienaar, miembro de una familia de afrikaners, es el rubio y corpulento capitán de los Springboks, famosa selección sudafricana de rugby. La escena transcurre a inicios de 1995. François (encarnado por Matt Damon) acababa de recorrer la célebre prisión de Robben Island, donde Nelson Mandela cumplió su terrible condena con trabajos forzados, por el mero delito de ser negro y oponerse a la política del apartheid.

A la edad en que otros ya están jugando con sus bisnietos en la mecedora, Clint Eastwood (cumplirá 80 años el 31 de mayo) acaba de regocijarnos con “Invictus”, la película de flamante estreno mundial que refleja cómo Mandela utilizó un hecho deportivo para su obra de reconciliación nacional.

A contramano de la inmensa mayoría de cineastas y escritores, Eastwood encuentra por segunda vez un magnífico filón en el deporte. Si con “Million dólar baby” refleja una de las caras mas sombrías del box, con “Invictus” traza un paradigma de lo que el deporte puede alcanzar como factor aglutinante entre los pueblos. El futbol ha dado miles de pruebas. Eastwood tomó el libro del periodista y escritor hispano-británico John Carlin, “El factor humano”, basado en hechos reales, y con sobriedad, sin baratijas sensacionalistas, compuso un espléndido alegato y dos nominaciones al Oscar.

A poco de llegar a la presidencia de Sudáfrica en 1994, Mandela, deliciosamente interpretado por Morgan Freeman, concentró en el rugby gran parte de sus esfuerzos por lograr un escenario virtualmente imposible: la pacificación y la unidad entre la mayoría negra, segregada y despreciada durante siglos, y el minúsculo pero implacable opresor blanco (una minoría de apenas 7%).

En su irrefrenable ansia de revancha, los miembros de la raza negra (amante del futbol) tenían pensados numerosos cambios radicales. Uno de ellos era la selección de rugby, orgulloso blasón de los blancos. En una asamblea de las nuevas autoridades deportivas se decide por unanimidad cambiarle el nombre, el color de la camiseta, el emblema y el himno. Avisado del tema, Mandela llega antes de que el congreso se disuelva y logra persuadir de que no lo hagan. Le preguntan por qué. “Ellos están esperando que lo hagamos para justificar sus injusticias anteriores. Tratemos de hacer de Sudáfrica un solo país. Yo entiendo que tengan sed de revancha, pero así nunca avanzaremos, alguien tiene que empezar a perdonando al otro. Seamos nosotros”, pide. Pese al disgusto de la mayoría, logra dar vuelta la decisión. Los Springboks conservan su identificación tradicional.

Eliminada durante años de toda competición deportiva a causa del apartheid, la nueva Sudáfrica es bendecida con la organización del Mundial de rugby de 1995, con el cual retorna a las competiciones oficiales. Mandela lo ve como una excepcional oportunidad para aflojar las todavía fuertes tensiones raciales. Pero en un país ahora manejado por negros, los Springboks parecen no tener ánimo. Y suman derrota tras derrota en los meses previos. Mandela establece entonces una relación con François Pienaar y lo alienta a que jueguen con el corazón, que todo el país los apoyará, también los negros. “Tenemos que ganar el Mundial”, le pide. Los va a ver a las prácticas, sigue sus partidos y usa con frecuencia una gorra del equipo que le regala el capitán.

Llega el Mundial y los Springboks comienzan a recuperar su orgullo. A esta altura, Pienaar, cuyo padre es un racista declarado, ya siente una fuerte admiración por Mandela. Pasan la terrible primera prueba ante Australia 27 a 18. Luego viene Rumania, y sortean la valla. Comienzan a encadenarse los triunfos y la ciudadanía a identificarse con el equipo. Mandela, antes abucheado por el público blanco, es ovacionado por el estadio entero, casi enteramente poblado de rubios.

Sin un rugby convincente aunque con mucho fervor, la verde y oro supera a Canadá y Samoa. Llega Francia en semifinales, siempre candidato, y se da una ajustada victoria por 19-15. ¡Sudáfrica en una final del mundo...! Increíble. Le toca nada menos que Nueva Zelanda, con el fabuloso Jonah Lomu, el gigante imparable. No hay cómo ganarle. Igual, toda la población se vuelca al estadio, a los bares, a cualquier sitio donde haya un televisor para verlo. Y en un dramático partido en el que siempre va abajo, los Springboks logran forzar un tiempo suplementario y faltando apenas instantes vencen a los All Blacks.

En la fiesta popular se juntan negros con blancos, todos sonríen, hay algunos tímidos, cautos abrazos. El gran vencedor es Mandela, a quien Pienaar, en el centro del campo, le dice: “Gracias por lo que hace por Sudáfrica”.

Bella historia. Y Clint Estwood, ¡qué jugador!

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