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Costa Rica, Viernes 12 de febrero de 2010

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Página Quince

Martín Santiváñez

Yo, Bayly

 En Perú, Bayly tiene todas las cartas para convertirse en outsider de las elecciones

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PolitólogoMartín Santiváñez Vivanco es director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas

Era, para amigos y enemigos, un hombre fallido, inconsistente, enamorado de lo estéril, incapaz de nada serio. Era un ser inerme, pusilánime, entregado a los excesos propios de una naturaleza rebelde, alocada, subversiva. Este amante de lo fútil estaba condenado a desempeñar el triste papel de convidado de piedra en esa danza del poder que su linaje interpretaba con mano firme. Nadie en el Imperio daba un duro por él.

Sin embargo, cuando su sobrino Calígula fue liquidado por la guardia pretoriana, harta del morbo y hambrienta del pan, Claudio, el tartamudo, el idiota, el objeto de las burlas, ése pobre payaso que arrancaba muecas de desprecio y risotadas de sarcasmo, terminó ciñéndose la toga imperial, masacró a sus enemigos y ocupó dignamente el trono de sus mayores, los Césares.

Nadie que conozca la historia que Robert Graves plasmó magistralmente en su novela “Yo, Claudio” puede permanecer indiferente ante las similitudes que existen entre el ascenso inesperado de aquél patricio romano, al que todos consideraban un bufón y la rampante candidatura del showman peruano, Jaime Bayly, “el niño terrible” de la televisión latina.

No sostengo, para nada, que Bayly proyecte en nuestros días la imagen de subnormal profundo por la que fue ampliamente conocido Claudio antes de ser emperador. Pero sí estoy convencido de una verdad, tan cierta como todos los dogmas de la política peruana: los auténticos incautos son aquellos que menosprecian las posibilidades que tiene Jaime Bayly de sentarse en un trono ni tan dorado, ni glorioso como el de Roma, pero igual de corrupto, esquivo y codiciado.

Pareciera como si a lo largo de estos años, Bayly hubiese decidido seguir el consejo que el viejo Polión diera a Claudio en la corte del divino Augusto: “Exagera tu cojera, tartamudea deliberadamente, finge frecuentes enfermedades, deja que tu juicio parezca errático, bambolea la cabeza y retuércete las manos en todas las ocasiones públicas y semipúblicas”.

Así, en broma y en serio, cantando su nuevo himno de batalla “Jaime pa’ presidente con Abelardo Gutiérrez Alanya “Tongo”, un famoso artista peruano dedicado a la tecnocumbia, o desplegando esa ironía limeña que forma parte de su esencia, Bayly tiene todas las cartas para convertirse en el outsider de las elecciones de 2011. El que quiere mandar, puede mandar. Y si Bayly se decide, pronto estará rodeado de eunucos, mesalinas, nerones y pretorianos dispuestos a dejarse matar en esa agonía anual en que se transforman las dulces campañas electorales en el Perú.

La carrera por el Palacio de Gobierno ha empezado. Y Bayly, sin haberse lanzado oficialmente, ya cuenta con el respaldo del 8% de los limeños y más del 3% de los peruanos. Se ha forjado una tradición importante en la política peruana en la que los outsiders juegan un papel fundamental. Fujimori, Toledo, Humala, todos han sido, de alguna manera, outsiders electorales que han visto en mayor o menor medida recompensados sus anhelos de poder.

Los outsiders pueden llegar a distorsionar una elección y su apoyo, en ocasiones, se convierte en imprescindible si se trata de un proceso ajustado en el que los porcentajes se pelean palmo a palmo, en finales de infarto. Todo indica que estas elecciones apuntan a ello. Se impone, pues, una política de alianzas, de pesos y contrapesos, en las que el primero que logre afianzar el difícil equilibrio de los respaldos electorales tendrá opción suficiente para gobernar.

Las elecciones que el Perú enfrentará el 2011 son de importancia continental. O emerge un candidato anti sistema que refuerce el bloque bolivariano o, por el contrario, se impone un político que consolide los avances macroeconómicos y dedique su gestión a luchar frontalmente contra la pobreza y dar inicio a la gran revolución educativa que precisa el país.

Bayly no es el personaje de Fitzgerald, fatuo y botarate que sus rivales denuncian. Después de todo, Claudio tampoco era el clown incompetente que sus enemigos despreciaban. Sobrio en la elección de honores y adusto en el ejercicio del poder, bajo su era, Roma se extendió hasta los confines de Inglaterra y el norte de África, reformando el sistema judicial, ampliando la ciudadanía y construyendo acueductos, caminos, puentes, ciudades. Los hombres, las mujeres, ante la historia, cambian. Jaime Bayly no es una excepción.

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