LN OPINIÓN

Costa Rica, Jueves 18 de febrero de 2010

/OPINIÓN

EDITORIAL

¿Enemigos de Nicaragua?

 Tomás Borge, líder histórico del Frente Sandinista, la emprende contra “La Nación” y la declara “enemiga” de su país

 La argucia de Borge, tan distante de la verdad, intenta distraer la atención prestada a nuestras denuncias de irregularidades

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Tomás Borge, embajador de Nicaragua en Perú y líder histórico del Frente Sandinista declaró a La Nación enemiga de Nicaragua. El diplomático está confundido. La Nación guarda el mayor respeto y afecto por el país vecino, es defensora de los inmigrantes nicaragüenses en Costa Rica y desea para la patria de Darío un gobierno digno, en el marco de las instituciones democráticas.

Es cierto, sin embargo, que este diario nunca ha sido afecto al presidente Daniel Ortega y su camarilla. Las razones abundan y es ocioso enumerarlas. Lo importante es aclarar la confusión del Embajador, tan propia de mentalidades totalitarias, incapaces de distinguir entre sus personas, el Estado y el país. En esa mentalidad, la crítica a Ortega o la denuncia de sus abusos es un ataque contra Nicaragua. L´Etat, c´est moi , dicen los orteguistas al unísono con el rey Sol, pero a estas alturas de la historia es imposible dar la afirmación por buena. Este diario sabe distinguir entre Nicaragua, su pueblo y sus gobernantes.

Para apuntalar la mentira, Borge profundiza su confusión, buscando explicaciones donde no existen. La Nación , dice, “(…) tiene anhelos fervorosos de apoderarse del río San Juan”. Luego del fallo de la Corte Internacional en La Haya, este diario celebró el fin de la disputa entre los dos países e hizo votos por el mejoramiento de las relaciones bilaterales. La sentencia no deja dudas en cuanto a la soberanía nicaragüense en el río, que nunca cuestionamos ni cuestionaremos en el futuro. La acusación de Borge es ridícula, pero también comprensible en el marco de la mentalidad autoritaria. La búsqueda de “enemigos” en el extranjero y el llamado a cerrar filas en torno al nacionalismo es un recurso muy socorrido por los gobiernos de ese corte cuando sienten amenazada su hegemonía.

El Embajador intenta desviar la atención de los nicaragüenses para relegar a un segundo plano las denuncias de La Nación sobre irregularidades de indudable impacto en la política interna de su país. Los hijos del presidente Daniel Ortega viven en San José, en el complejo residencial de Roberto Rivas, presidente del Consejo Supremo Electoral. Esa intimidad entre el gobernante y la máxima autoridad electoral resultaría inconveniente aunque ambos estuvieran libres de cuestionamientos por el fraude en las elecciones municipales del 2008, pero las dudas nacidas de aquel proceso agigantan la relevancia de la cercanía familiar de los Ortega y los Rivas.

Vistos los antecedentes, las pretensiones de reelección del mandatario añaden leña a la hoguera en que arden las aspiraciones democráticas de los nicaragüenses. Esos son hechos contra los cuales se estrellan los fantasmas conjurados por Borge en auxilio del aquelarre autoritario orteguista. El Embajador, tan locuaz a la hora de fabular conspiraciones, cae en sospechoso silencio cuando se le pide explicar el extraño maridaje entre el Presidente y la máxima autoridad electoral. Los hijos de Ortega viven en la casa de Rivas porque “tal vez les alquila, esos detalles no los conozco. Esa es harina de otro costal. Es una cuestión privada”.

Rivas es conocido por su cercanía al sandinismo y, si existiera duda, su hermano Hárold Rivas Reyes ostenta la representación diplomática nicaragüense en nuestro país. La Nación también se ha visto obligada a divulgar informaciones sobre las actividades del Embajador. En cumplimiento de convenios internacionales, Costa Rica concedió a la Embajada nicaragüense una exoneración de impuestos para dos lujosos vehículos que serían utilizados en labores propias de la representación diplomática. Los autos no pueden ser destinados a otras funciones, pero las autoridades detectaron su uso por parte de familiares del presidente del Consejo Supremo Electoral, que no están acreditados como diplomáticos. En consecuencia, se inició el trámite de cancelación de la exoneración.

De nuevo, hechos, no fantasmas. De nuevo, la explicación de Borge es lacónica: los embajadores tienen derecho a exonerar autos y, cuando los tienen en sus manos, “pueden hacer lo que les dé la gana”. La respuesta, amén de lacónica, es tajante, propia de quien no desea profundizar en el asunto. Borge falta a la verdad y es un ejercicio vano pedirle sustentar su falaz afirmación con citas de ley. No existe autorización legal para hacer “lo que les dé la gana”. Ese es un estilo de gobierno implantado por los sandinistas en Nicaragua, pero ningún país democrático tiene por qué permitirles aplicarlo en su territorio. Denunciar el abuso no es un acto de animadversión hacia Nicaragua y su pueblo, también cansado de que la cúpula del Gobierno haga lo que le da la gana.

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