LN OPINIÓN

Costa Rica, Viernes 19 de febrero de 2010

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Página Quince

Jacques Sagot

Aprendamos

 El pueblo no votócontra sí. Votó desdela lucidez, no desdela ignorancia

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Embajador de Costa Rica ante la Unesco

Muy bien: fin del proceso y el resultado expresa un mandato popular. Apabullante, categóricamente enunciado. Esta nueva saga política deja, en do mayor y compás de cuatro por cuatro, algunas conclusiones que vale la pena apuntar.

Atrás ha quedado la jungla: el macho hegemónico está, como figura social, vencido. Golpe de muerte al más deletéreo, al más ancestral de nuestros prejuicios: el sexismo, más específicamente la misoginia. Una mujer detenta ahora el poder. El país ha superado el megalítico. “La mujer no nace: se hace” –es el apotegma célebre de Simone de Beauvoir–. Pues el país votó por una mujer no por el mero hecho de ser mujer, sino por lo que ella ha sabido hacer de sí misma: un ser íntegro, valiente, coriáceo. No votó por la “naturaleza” o la “esencia” femenil: votó por la construcción cultural: la mujer que se esculpe a sí misma.

El elector reaccionó mal ante el ensañamiento contra ciertos candidatos. Paradójicamente, se termina por contribuir a la causa de quien es objeto de ataques bajunos. El costarricense abominó, sobre todo, la inquina personal, de las invasiones al sanctasanctórum de los candidatos. El primero en definir la diferencia entre el mundo privado y el mundo público fue Montaigne (tal distinción no existió ni durante la Antigüedad ni durante le Edad Media). Pues el electorado insistió en respetar la línea demarcatoria entre ambas esferas. Los ataques personales desprestigiaron a quienes los profirieron, no a aquellos contra quienes fueron dirigidos.

Las encuestas no son estafas. Son instrumentos practicados con metodología rigurosamente científica en todas las democracias, a fin de seguirle el pulso a un proceso electoral, de reconstruir el decurso mental, el comportamiento político de un pueblo, con sus oscilaciones, su continuidad o, a veces, sus dramáticos virajes: los signos vitales de las ideologías. Son falibles, sí, pero esto no necesariamente quiere decir “parcializadas”.

Eslogan ineficaz. El irresponsable eslogan de “la dictadura de los Arias” ha demostrado, por fortuna, ser ineficaz como método de difamación. ¿No se dan cuenta, quienes lo propagan, de la gravedad de una infamia de este jaez? ¿El daño que se le hace a la imagen internacional del país? En un momento en que el continente se llena de “presidentes” deseosos de negar nuestra democracia, ¿a quién podría ocurrírsele exportar esta falsedad? Eso es lo que se llama anteponer los intereses partidistas sobre la imagen histórica del país.

En los últimos sesenta años de la historia política de nuestro país no se ha visto el caso de un partido gobernante que, negando la ley del “desgaste” cuatrienal, aumente el número de partidarios en dos elecciones consecutivas. Liberación bajó del 54% al 43% entre 1970 y 1974, del 58% al 52% entre 1982 y 1986, ganando en todos los casos. Pero ahora se nos presenta una instancia insólita: el partido pasa del 40% al 47%, ello a pesar de la “erosión” que se asume inevitable en todo partido en el poder. Y esto pone de relieve la grandeza de la gestión del presidente: tomó un partido en el 40% y lo devolvió, cuatro años más tarde, en el 47%. Perdón, pero eso solo sucede cuando un país ha esencialmente aprobado la gestión del presidente, cuando ha suscitado cariño entre su pueblo, cuando, a pesar de las “notas falsas” –que las hubo– el país ha creído en su buena voluntad, en su capacidad y su coherencia ideológica.

La institucionalidad democrática de nuestro país no solo está intacta: goza de mejor salud que nunca. Es indignante, ver cómo para algunos políticos, la democracia es, ora “la tiranía de la canalla”, ora “la gloria de occidente”, según les convenga o no. Seamos coherentes: las cosas no son excelsas cuando nos favorecen y aberrantes cuando nos desfavorecen. ¡Cuatro años de escuchar a ciertos señores descalificar la democracia por el simple hecho de que quien ostenta el poder no les es de su agrado! ¡Ah, pero si fueran ellos, los que tuvieran el poder, la democracia sería la más señera concepción humana desde la invención de la rueda! Visión acomodaticia, parcial de las cosas. Cuatro años de difamar la administración Arias, y ahí tienen ahora el resultado: 47% de los votos: más que todos los otros candidatos puestos juntos.

Bueno, ahí siguen las universidades estatales, hoy por hoy, las más grandes máquinas de adoctrinamiento que tiene el país, creando un islote de totalitarismo ideológico dentro del pluralismo político –¡cuán irónico!– que les permite ser lo que son. “Ser diferente es ser indecente” –decía Ortega y Gasset–. ¡Así que a pensar igual se ha dicho! La misma filosofía de cafetín, las mismas poses de siempre, el mismo falso patriotismo, los mismos pronunciamientos altisonantes, las mismas fórmulas retóricas para fomentar la homogeneidad del pensamiento, negando con ello el concepto de base en la palabra “universidad”, esto es: “universalidad”.

Respeto al pueblo. Pero a la maquinaria le hace falta lubricación, ya chirrían los engranajes, ya están fallando tuercas y poleas, ya hay –cada vez más– estudiantes que se rebelan contra la forma en que profesores y compañeros los miran cuando se niegan a cantar a coro.

Y esos profesores, “intelectuales” populistas, sofistas de cafetín, ahora derrotados, insultan a aquel al que supuestamente querían proteger: el pueblo está “adocenado”, “es políticamente inculto”, “vota contra sí mismo”, “carece de conciencia política”, “está alienado y desinformado”… en otras palabras: “perdónalos, Padre, porque no saben lo que se hacen”. Dejemos de tratar de “iluminar” al pueblo: limitémonos a respetarlo.

Una cosa es continuidad, otra es continuismo. La continuidad es harto saludable. Creo que esta elección nos ha puesto frente a una realidad inusitada: un presidente que crea una escuela de pensamiento, que prepara a su sucesor, una especie de propedéutica política en la que quien toma el relevo de la antorcha va a gozar de absoluta independencia y autonomía, pero también a beneficiarse del privilegio de recibir un país cuyos lineamientos han sido ya establecidos.

Continuidad, no rupturas violentas o golpes de timón que lanzan el barco en una u otra dirección, sin permitirle avanzar directamente a su destino. No hay ninguna posibilidad de progreso ahí donde cada nuevo Gobierno comienza por dinamitar lo que el anterior había construido.

Cuarenta y siete por ciento. En un proceso electoral químicamente puro. No le den más vueltas al asunto. El pueblo no votó contra sí. Votó desde la lucidez, no desde la ceguera o la ignorancia. Los que piensen tal cosa se están poniendo a sí mismos automáticamente en una posición de superioridad epistemológica, e insultando con ello a quienes vienen de expresar su voluntad política, libre, altivamente. Decir “la mayoría” no equivale a decir “la masa”. Respeto, respeto, respeto: lo que no se observó durante la campaña es lo que ahora debe absolutamente prevalecer.

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