LN OPINIÓN

Costa Rica, Viernes 19 de febrero de 2010

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José Rafael Quirós

La “missio canonica” en la Iglesia

  Debilitar la educación religiosa de los jóvenes, es poner un obstáculo a su maduración personal

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Obispo de Limón

Quiero referirme a una responsabilidad esencial encomendada a la Iglesia en su Función de Enseñar. Para esto, me apoyo en afirmaciones fundamentales que encontramos en el Concilio Vaticano II: “Todos los cristianos, puesto que en virtud de la regeneración por el agua y el Espíritu Santo han llegado a ser nuevas criaturas y se llaman y son hijos de Dios, tienen derecho a la educación cristiana.”

“El deber de la educación, que compete en primer lugar a la familia, requiere la colaboración de toda la sociedad.”. “Finalmente, y por singular motivo, el deber de la educación corresponde a la Iglesia, no solo porque ha de ser reconocida también como sociedad humana capaz de educar, sino, sobre todo, porque tiene el deber de anunciar a todos los hombres el camino de la salvación, de comunicar a los creyentes la vida de Cristo y de ayudarles con precaución constante para que puedan alcanzar la plenitud de esta vida”.

Derecho a la educación. En dichos textos se expresa, con toda claridad, que todo bautizado tiene derecho a la educación en los principios cristianos, de manera que no se trata de una mera concesión de la sociedad, sino un derecho que nace desde la misma dignidad del bautizado como hijo de Dios. Y con miras al bien común, y a favorecer su crecimiento humano y espiritual, la sociedad debe respetar y apoyar el cultivo y vivencia de los principios de fe.

En este sentido, ya que los padres los primeros responsables de la educación de sus hijos, tienen el derecho de sentirse apoyados por la sociedad en la educación religiosa que quieren darles.

No hay duda de que este derecho es radical, por cuanto nace de la misma responsabilidad generativa de los padres, derecho que estará por encima de cualquier ideología o concepción de mundo o criterio pedagógico. De ahí que tengan también “la obligación y el derecho de elegir aquellos medios e instituciones mediante los cuales, según las circunstancias de cada lugar, puedan proveer de la educación católica a sus hijos”. Indudablemente es un derecho que debe ser respetado.

En lo que corresponde a la Iglesia, la enseñanza del Concilio se clarifica aun más, cuando en el Código de Derecho Canónico se prescribe, “La Iglesia, a la cual Cristo Nuestro Señor encomendó el depósito de la fe, para que, con la asistencia del Espíritu Santo, custodiase santamente la verdad revelada, profundizase en ella y la anunciase y expusiese fielmente, tiene el deber y el derecho originario, independiente de cualquier poder humano, de predicar el Evangelio a todas las gentes, utilizando incluso sus propios medios de comunicación social”.

Esto quiere decir que en razón de la misma voluntad de su Fundador, la Iglesia tiene el derecho, es más el deber de predicar el Evangelio, con total independencia de cualquier poder humano. Por haberle sido encomendado el depósito de la fe, es deber de la Iglesia, dejándose guiar por la acción del Espíritu Santo, custodiar la verdad revelada.

Por ello, es que la Iglesia es vigilante sobre el ejercicio de la predicación de la palabra de Dios, la edición de textos de la Sagrada Escritura, y de publicaciones que tengan que ver con la enseñanza, sin que esto signifique limitación alguna a la investigación.

En orden a lo anterior, en nuestra legislación canónica se señala claramente que “Depende de la autoridad de la Iglesia la formación religiosa católica que se imparte en cualesquiera escuelas” y también, que “El Ordinario del lugar, dentro de su diócesis tiene el derecho de nombrar o aprobar los profesores de religión así como de remover o exigir que sean removidos cuando así lo requiera una razón de religión o de moral”.

Cualidades morales. Es evidente entonces, que de la misma forma que para predicar la Palabra de Dios, en la salvaguarda de la verdad revelada, se requiere la “missio canonica”, o envío por parte de la autoridad competente para cumplir dicha misión, también, aquel que enseña en nombre de la Iglesia, debe recibir este envío, tomando en consideración sus cualidades morales, espirituales, intelectuales y participación en la vida eclesial.

No es suficiente el mero profesionalismo o preparación académica, sino, que se requiere de las cualidades mencionadas para poder ser enviado. Esto, por fidelidad a la misión encomendada por el Señor, y por un acto de elemental justicia con los padres de familia, que confían que sus hijos están siendo educados debidamente en la fe católica.

El tema de la “missio canonica” debe ser tratado seriamente, y en franco diálogo con los profesores de educación religiosa, los padres de familia como ciudadanos y creyentes, y de todos los que objetivamente valoren lo que significa garantizar la autenticidad de la educación religiosa que se imparte en escuelas y colegios, y junto a esto, valorar la labor que está realizando la pastoral educativa. Debilitar la educación religiosa y moral de los niños y jóvenes, es poner un obstáculo a su verdadera maduración personal.

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