LN OPINIÓN

Costa Rica, Jueves 25 de febrero de 2010

/OPINIÓN

Fernando Ferraro

Los insultos de Jorge Guardia

 Si un rasgo tiene la cultura política de nuestro país es su talante reformista

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Sin perjuicio de las preferencias políticas de cada uno, los costarricenses debemos insistir en el respeto a las opiniones y acciones ajenas. Es un principio de la convivencia democrática que requiere, entre otras cosas, autocontención.

Dice don Jorge Guardia al analizar el resultado de las pasadas elecciones, que los ticos no somos radicales, que “históricamente, somos blandengues, pusilánimes, proclives a la contemporización, o pendejos, si se quiere”.

Explicación. Lo que pensé al leer esto fue “¿a qué se debe la insultada?” Seguidamente, encontré la explicación. Para don Jorge “los cambios radicales planteados por el ML (dolarizar, flat tax , minimizar el Estado) aunque tengan algún mérito, nos asustan.” Es la explicación que encuentra para el nivel de apoyo que recibió el Movimiento Libertario.

Al respecto, y sin perjuicio de los méritos del autor y del respeto hacia su opinión, quiere decir tres cosillas. La primera es que a la hora de analizar la propuesta de un candidato, el votante debe partir siempre de la buena fe con que esta se ofrece, y dedicarle el pensamiento necesario.

El derecho que asiste a un candidato y su partido es el de plantear una iniciativa y el de referirse críticamente a sus contendores; jamás el de que se dé crédito mecánicamente a lo que propone. Es decir, debe esforzarse por explicar sus ideas y convencer al votante.

En una democracia donde hay reglas claras, parejas para todos y que además se cumplen, como sucede en Costa Rica, las decisiones del votante deberían ser sagradas, y no desacreditadas con alegatos de fraude, como se quiso hacer después del referéndum que aprobó el TLC con EE. UU. o descalificando el mérito de sus motivaciones.

Sugiero considerar la posibilidad de que el resultado se debiera a que la campaña del ML no convenció a una parte importante del electorado, y no a que este tuvo miedo; es decir, se apendejó, a pesar de la supuesta claridad, solidez y contundencia de los argumentos ofrecidos.

Un repaso de nuestra historia desde 1821 hasta el día de hoy, ofrecerá al autor numerosos ejemplos de decisiones innovadoras, trascendentes y valientes, tomadas por nuestros gobernantes con el apoyo de la ciudadanía; pero también encontrará numerosos ejemplos de cómo ese pueblo al que tan despectivamente se refiere, se ha opuesto, a veces incluso con violencia, a decisiones que no compartía. Es el segundo comentario.

Desde la decisión de no sucumbir a las presiones de León y de Guatemala en 1821 hasta el establecimiento de relaciones con China en esta Administración, pasando por la Campaña Nacional de 1856 hasta la abolición del Ejército en 1949 por la Junta Fundadora de la Segunda Repúblicam, incluyendo las reformas promovidas por González Flores, el golpe que lo derrocó y la resistencia a la dictadura que siguió; a don Ricardo Jiménez y la creación del Instituto Nacional de Seguros, a Calderón Guardia, la promulgación del Código de Trabajo y la creación de la Caja Costarricense del Seguro Social, a don Pepe y la nacionalización bancaria, pero también a la apertura en este campo llevada a cabo por Figueres Olsen cuando acertadamente se entendió que la realidad había evolucionado; y la política exterior desarrollada en el primer gobierno de Óscar Arias ante las guerras en Centroamérica y las presiones de EE. UU.

Si se quieren casos de carácter más popular, tenemos en un sentido a las manifestaciones contra Alcoa y el “Combo ICE”; y en otro sentido, a la decisión que el electorado tomó de aprobar el TLC con EE. UU., en una consulta organizada por el TSE. Me quedo corto al citar momentos de nuestra historia que sugieren que, como pueblo, no somos tan pusilánimes.

Talante reformista. El tercer comentario se deriva de la supuesta falta de radicalismo del costarricense, y me limito a decir que no encuentro ningún mérito en las actitudes “radicales”.

En el caso de la política costarricense, que no ha sido históricamente tan serena y conformista como el autor la pinta, eso que él llama falta de radicalismo, posiblemente es lo que nos ha ahorrado muchos de los típicos conflictos de América Latina. Si un rasgo tiene la cultura política de nuestro país es su talante reformista.

La dolarización, el flat tax y lo que sea que signifique minimizar el Estado, siguen siendo propuestas legítimas, pero en el futuro sus valedores deberán emplearse más a fondo para explicar qué significan y cuáles son sus beneficios, pues en democracia hay que convencer… incluso a los pendejos.

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