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Costa Rica, Viernes 26 de febrero de 2010

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Julio Rodríguez | envela@nacion.co.cr

En Vela

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No creo en la eficacia de la declaración de bienes, resultado de la Ley contra la Corrupción y el Enriquecimiento Ilícito en la Función Vigente , vigente desde 2004. Bien lo dijo el presidente de la Asamblea Legislativa, Francisco Antonio Pacheco, el domingo pasado: “Me parece que sirve de muy poco. El gran problema es que el fin de la legislación con esta declaración no es pillar al delincuente, sino pillar al que se equivoca o no la hace, y no evitar la corrupción”.

Ni es disuasiva ni es represiva, y, sobre todo, no sirve para capturar los peces gordos o a los capos que andan sueltos. El corrupto tiene a mano mil y una formas de esquivarla, comenzando por las ubérrimas sociedades anónimas y por las cuentas a buen recaudo, material o personal, aquí o en otros países. Por ahora, solo sirve para fingir que luchamos contra la corrupción y para darle un trabajo hercúleo e innecesario a la Contraloría General.

La mejor prueba contra estas declaraciones es la realidad. Basta comparar el modus vivendi de algunos personajes con sus salarios reales: ¿cómo han hecho el milagro de sus mansiones, viajes y, en general, su estilo de vida, dentro y fuera del país, si no se les ha conocido herencia alguna o algún trabajo rentable y generoso? Y si uno mira atrás y recorre su itinerario social o político y lo compara con sus posibles ingresos en la función pública o privada, ¿cómo han hecho para dar estos saltos financieros espectaculares? Los más curiosos del barrio se preguntan, llenos de santa envidia: ¿cómo aquel, pobre de solemnidad, que le ha consagrado su vida “al servicio público”, ha podido amasar tan deliciosa vida privada y, además, llorar a moco tendido por los pobres, víctimas, según él, de los neoliberales perversos?

Y ¿cómo aquel que nunca pisó en sus años mozos o adultos un banco, de pronto figura como inversionista en los bancos más afamados del mundo y que, al sobrevenir un sismo financiero, corre donde sus amigos a pedir auxilio? Estos, solícitos le ayudan, pero a ninguno se le ocurre decirle: “Amigo, ¿cómo pudo llegar usted a este banco?”. Y ¿qué decir de aquellos profesionales que, de la noche al día, ascienden imparables la escalinata de la riqueza, gracias a los buenos oficios brindados a la mafia?

En fin, la mejor declaratoria de bienes no es la que se presenta ante la Contraloría, donde es preciso describir hasta el color de los calzoncillos, sino la respuesta a las preguntas formuladas anteriormente. Pero, Tatica Dios sabe lo que hace. El día del juicio final se va a descorrer el telón, cuando todos desfilemos por la gran pasarela. Ahí, aunque sea un poquillo tarde, veremos a los cínicos y farsantes de esta vida.

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